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miércoles, 16 de septiembre de 2015
BOMBERA TORERA
Hoy estoy como el emoticono del grito, básicamente desquiciada. Antes de llegar al trabajo he tenido que decirle a mi hijo unas dieciocho veces con voz aterciopelada y susurrante para que no se me obsesione, “cariño el desayuno”. En la once me he descubierto poniendo tono de película porno, “Amparo, todo sacrificio es poco para evitar traumas alimenticios” me he dicho a mí misma con registro de late night de Cristina Tarrega. A continuación he puesto rumbo a casa de mi madre para apagar el incendio matutino, así a pelo sin antidepresivos ni lexatines. Hoy gracias a Dios no se había atrincherado en el baño, simplemente se ha reinventado tiñéndose el pelo con carmín rojo bermellón, tranquilos podría ser peor, si la pilla Mario Testino le hace unas fotos y acaba de icono de moda, la verdad es que tenía cierto aire a Cruella De Ville de lo más posmoderno.
De camino al despacho venía pensando que tengo que explotar mis registros vocales, igual podrían contratarme en una línea erótica si aún existen o en un programa de madrugada. Hay que estudiar toda posibilidad de reinvención laboral que la cosa está muy malita.
Al llegar al trabajo me esperaba Antonia la portera con lo más granado de las revistas y como comprenderéis no era día de dejar pasar la ocasión. Un café para cada una, un escalón para sentarme y a diseccionar. Después de un análisis sistemático ambas hemos concluido que a.- Terelu está gorda y tiene una cara de mala leche que tira de espaldas(vale, no somos Einstein), b.- que necesitamos el filtro milagro que le ponen a -Isabel robamaridosoctogenarios Preysler- en el Hola, aunque en la fiesta neoyorkina parecía una burbuja de Freixenet (Antonia dixit). Desde el respeto/indiferencia Isabel, estás mayor para el lamé y las transparencias, en Las Vegas hubieras tenido un pase, pero para Lexington Avenue te veo pelín choni de noche vieja, llámame pérfida. No te fíes demasiado de los estilistas y diles a los hábiles empleados de Hola que ya tardan en retocar a Don Mario, si no le ponen la misma pátina va a acabar pareciendo tu padre. Eso y siéntalo a escribir, que como te siga el rollo en dos telediarios lo veo con publicidad en el cuello de la americana, llámame histérica asquerosa. Terelu te paso mi móvil, somos almas gemelas.
Antonia y yo estamos también especialmente preocupadas por los niveles de colesterol y triglicéridos de Kiko Rivera, además alguien debe advertirle de que hay ropa más allá del chándal gris. Eso o hacerlo emigrar rápidamente al Bronx para buscarse la vida como rapero y dejar hueco a una familia Siria de cinco miembros. Pobre chico con la madre enchironada, la hermana haciendo bolos en Benidorm y sus pilinguis contando intimidades, no me extraña que liquide la producción nacional de panceta.
Una vez hecho el repaso más destacado, Antonia ha repartido las revistas a sus acomodadas propietarias y yo he notado con alegría en el ascensor que ya no hiperventilaba.
Relajadita me he quedado. Como dice Isabel en su romance otoñal alicatado: “no tenemos tiempo que perder” yo tampoco, al tajo.
NO OLVIDAR: Llamar mañana al retén de bomberos del barrio y pedir precio de las mangueras que no tengan en uso.
viernes, 4 de septiembre de 2015
MI NIÑA MUERTA
Todos tenemos un niño muerto en el armario. Y más si pasamos de los cincuenta. Yo tengo varios.
Silvia una cría en brazos de un bombero en el cuartel de Zaragoza, descalza con su pijamita blanco como una muñeca rota. O Amir el chavalín al que una bomba dejo sin familia y sin extremidades, en uno de los miles de bombardeos que buscaban aquellas míticas armas de destrucción masiva. O la pequeña sin nombre que casi transparente se encogía en posición fetal mientras un buitre esperaba paciente en la distancia.
Todos son inolvidables y están guardados por mis rincones, pero hay uno favorito por goleada, una niña inolvidable que me ha acompañado desde mediados de los ochenta como un referente. Omayra.
Omayra hundida en el lodo contando durante horas a los periodistas que la rodeaban su vida, sus miedos, describiendo a su familia, hablando de todo y de nada, con ese deje suave de los colombianos, serena y luminosa. Omayra preocupada porque el día que despertó el volcán que acabó con ella tenía un examen muy importante de matemáticas, Omayra con el pelo ensortijado pidiéndole al periodista que no la dejara solita. Cuando en España solo había dos canales de televisión, yo me recuerdo pegada a la pantalla y puedo sentir como me corrían las lágrimas por las mejillas. Omayra diciendo: “Vayan descansan un poquito y luego vuelven y me sacan de una vez”, preocupada por no saber nadar, agonizó durante tres días frente a nuestra impotencia.
A Omayra mi niña muerta, se está uniendo desde hace mucho un ejército de anónimos diminutos a los que ni siquiera puedo brindar recuerdos. En el mar, bajo las bombas, nada es igual después de tener a un niño muerto entre los brazos -Pérez-Reverte dixit-
No puedo imaginar nada peor.
Silvia una cría en brazos de un bombero en el cuartel de Zaragoza, descalza con su pijamita blanco como una muñeca rota. O Amir el chavalín al que una bomba dejo sin familia y sin extremidades, en uno de los miles de bombardeos que buscaban aquellas míticas armas de destrucción masiva. O la pequeña sin nombre que casi transparente se encogía en posición fetal mientras un buitre esperaba paciente en la distancia.
Todos son inolvidables y están guardados por mis rincones, pero hay uno favorito por goleada, una niña inolvidable que me ha acompañado desde mediados de los ochenta como un referente. Omayra.
Omayra hundida en el lodo contando durante horas a los periodistas que la rodeaban su vida, sus miedos, describiendo a su familia, hablando de todo y de nada, con ese deje suave de los colombianos, serena y luminosa. Omayra preocupada porque el día que despertó el volcán que acabó con ella tenía un examen muy importante de matemáticas, Omayra con el pelo ensortijado pidiéndole al periodista que no la dejara solita. Cuando en España solo había dos canales de televisión, yo me recuerdo pegada a la pantalla y puedo sentir como me corrían las lágrimas por las mejillas. Omayra diciendo: “Vayan descansan un poquito y luego vuelven y me sacan de una vez”, preocupada por no saber nadar, agonizó durante tres días frente a nuestra impotencia.
A Omayra mi niña muerta, se está uniendo desde hace mucho un ejército de anónimos diminutos a los que ni siquiera puedo brindar recuerdos. En el mar, bajo las bombas, nada es igual después de tener a un niño muerto entre los brazos -Pérez-Reverte dixit-
No puedo imaginar nada peor.
viernes, 22 de mayo de 2015
CONJUNCIONES CÓSMICAS
Hay días que una no está para nada. Bueno si, para abrirse las venas o tirarse por el balcón. Más que por el balcón, por el Salto del Ángel, porque aunque luego me llaméis bolivariana, no puedo imaginar sitio más bonito para romperme la cabeza.
Si tienes una madre nonagenaria con la olla medio ida, ese día se declara en rebeldía y decide atrincherarse en el baño sin tomar la medicación. Por no hablar de que va debidamente armada con un paquete de galletas Maria dispuesta a resistir el asedio.
Si hay un hijo preadolescente /adolescente en tu vida, esa mañana opta por iniciar un ayuno voluntario a lo Mahatma Gandhi o encalar los calcetines en la estantería de su habitación que parece tener por inquilino al mismísimo demonio de Tasmania.
Si toca reunión en el trabajo, la cagas porque se te traba la lengua cuatro veces o porque te piden justo el dichoso papel que no encuentras y dejan caer sobre ti esa mirada perdona vidas intercalada con un: “Te noto espesa”.
Resumiendo, lo que viene siendo un día normal.
Cuando ya estás llamando al 112 para que los bomberos reduzcan a tu madre, Saturno se alía con Júpiter y ella sola acepta la rendición sin daños colaterales. Y tú para celebrarlo, estás entre meterte en el primer bar y beberte cuatro cañas del tirón o irte de compras que falta te está haciendo. Sabes que estás condenada a escoger la opción equivocada, porque cuando hay una alineación planetaria no existe escapatoria, pero te vienes arriba y optas por la renovación de look.
Haces una lista de prioridades, vestido liso, ancho en la parte inferior y con manga corta que voy a por los 51 y no quiero enseñar mucho brazo (Letizia, reina, desde el respeto de súbdita republicana, toma nota, porque esos bracines tuyos van dando grima y ahí, no hay cirugía posible)
Pero cuando lo cósmico entra en escena, ni prioridades ni leches, te calientas y de repente estás dentro de un traje estampado de licra que hubiera dejado noqueado a un consumidor habitual de LSD. Pese al espejo trucado del probador, te redescubres como esa nueva Terelu Campos, patrocinadora oficial y desinteresada de la morcilla de Burgos. Olvidas porque la ropa del año pasado no te pasa de las rodillas y con ese criterio definitivo que hace de ti un verdadero icono del estilo, no renuncias al modelo y encima te lo compras. Eso sí, lo lucirás en días lluviosos o debidamente armada con unas gafas de sol de marca, no vaya a ser que la viveza del estampado te desencadene una enfermedad ocular degenerativa.
Una vez con la bolsa en la mano, saciada tu sed/ansiedad/locura transitoria y dado que no tienes más presupuesto, te encaminas hacia casa y empiezas a percibir que la calle está como muy vacía y que hay un policía cada dos metros, y ves a dos periodistas de la sexta y a uno de tele cinco y de repente un cochazo negro frena a tu lado y ves bajar a Rajoy en carne mortal y sin plasma, lo que viene siendo a pelo, rodeado de cuatro armarios roperos.
Atónita, estás en un tris de enchufarle el vestido de licra en plan turbante, pero no quieres acabar reducida por los policías circundantes, así que aprietas el paso para no compartir más espacio vital que el estrictamente necesario, mientras resuenan en tu cabeza esas palabras dignas de la posteridad:
“España es un gran país que hace cosas importantes y tiene muchos españoles que son españoles”
Ahí le has dao Mariano, ese verbo, esa empatía, esa cercanía casi afable... pero piensa en mí para noviembre que yo en un pis pas con mi prosa fluida, te preparo unos discursitos coquetones bastante más elaborados. Aunque no sé yo si el contenido va a acabar de cuadrarte.
Considéralo.
Aún medio traspuesta, decides desviarte hacía el súper porque estás sin cerveza en casa y hay cosas, convendréis conmigo, que es mejor atravesar con una cañita en el cuerpo.
Si tienes una madre nonagenaria con la olla medio ida, ese día se declara en rebeldía y decide atrincherarse en el baño sin tomar la medicación. Por no hablar de que va debidamente armada con un paquete de galletas Maria dispuesta a resistir el asedio.
Si hay un hijo preadolescente /adolescente en tu vida, esa mañana opta por iniciar un ayuno voluntario a lo Mahatma Gandhi o encalar los calcetines en la estantería de su habitación que parece tener por inquilino al mismísimo demonio de Tasmania.
Si toca reunión en el trabajo, la cagas porque se te traba la lengua cuatro veces o porque te piden justo el dichoso papel que no encuentras y dejan caer sobre ti esa mirada perdona vidas intercalada con un: “Te noto espesa”.
Resumiendo, lo que viene siendo un día normal.
Cuando ya estás llamando al 112 para que los bomberos reduzcan a tu madre, Saturno se alía con Júpiter y ella sola acepta la rendición sin daños colaterales. Y tú para celebrarlo, estás entre meterte en el primer bar y beberte cuatro cañas del tirón o irte de compras que falta te está haciendo. Sabes que estás condenada a escoger la opción equivocada, porque cuando hay una alineación planetaria no existe escapatoria, pero te vienes arriba y optas por la renovación de look.
Haces una lista de prioridades, vestido liso, ancho en la parte inferior y con manga corta que voy a por los 51 y no quiero enseñar mucho brazo (Letizia, reina, desde el respeto de súbdita republicana, toma nota, porque esos bracines tuyos van dando grima y ahí, no hay cirugía posible)
Pero cuando lo cósmico entra en escena, ni prioridades ni leches, te calientas y de repente estás dentro de un traje estampado de licra que hubiera dejado noqueado a un consumidor habitual de LSD. Pese al espejo trucado del probador, te redescubres como esa nueva Terelu Campos, patrocinadora oficial y desinteresada de la morcilla de Burgos. Olvidas porque la ropa del año pasado no te pasa de las rodillas y con ese criterio definitivo que hace de ti un verdadero icono del estilo, no renuncias al modelo y encima te lo compras. Eso sí, lo lucirás en días lluviosos o debidamente armada con unas gafas de sol de marca, no vaya a ser que la viveza del estampado te desencadene una enfermedad ocular degenerativa.
Una vez con la bolsa en la mano, saciada tu sed/ansiedad/locura transitoria y dado que no tienes más presupuesto, te encaminas hacia casa y empiezas a percibir que la calle está como muy vacía y que hay un policía cada dos metros, y ves a dos periodistas de la sexta y a uno de tele cinco y de repente un cochazo negro frena a tu lado y ves bajar a Rajoy en carne mortal y sin plasma, lo que viene siendo a pelo, rodeado de cuatro armarios roperos.
Atónita, estás en un tris de enchufarle el vestido de licra en plan turbante, pero no quieres acabar reducida por los policías circundantes, así que aprietas el paso para no compartir más espacio vital que el estrictamente necesario, mientras resuenan en tu cabeza esas palabras dignas de la posteridad:
“España es un gran país que hace cosas importantes y tiene muchos españoles que son españoles”
Ahí le has dao Mariano, ese verbo, esa empatía, esa cercanía casi afable... pero piensa en mí para noviembre que yo en un pis pas con mi prosa fluida, te preparo unos discursitos coquetones bastante más elaborados. Aunque no sé yo si el contenido va a acabar de cuadrarte.
Considéralo.
Aún medio traspuesta, decides desviarte hacía el súper porque estás sin cerveza en casa y hay cosas, convendréis conmigo, que es mejor atravesar con una cañita en el cuerpo.
miércoles, 16 de abril de 2014
STREET MARKET
Como decía Picasso, la inspiración debe pillarte trabajando. Así que hoy toca comedia, la tengo dejada de la mano de Dios desde hace mucho y está cogiendo polvo. Me lo he propuesto no vaya a ocurrir como con el yoga que luego pierdes elasticidad y ni saludo al sol ni gaitas.
El día ha comenzado con sol radiante y desayuno en barecito diferente, café con leche + zumo de naranja + ausencia de hijo en etapa púber + revista + mercadillo semanal + croissant de última hora sin arrepentimiento.
Desechada la prensa del día que bastante tengo con lo que tengo, me he dado a la frivolidad.
En mi nube celestial he descubierto que cada vez resulta más complicado leer una revista de moda sin tener un diccionario a mano, todo son hipsters, fashion weeks, in and out, casual style, it girls y must have. No daba crédito a tanto anglicismo junto mientras me metía el croissant de mantequilla entre pecho y espalda. Abierta de miras hacia el mundo del renueve primaveral, me he dirigido al mercadillo de Pelayo porque yo soy muy capaz de cuadrar un total look por 5 euritos y quedar como una reina. Lo de pisar Zara con mis recortes va quedando ya para las grandes ocasiones.
Además tengo que disfrazarme de Frida Kalho el sábado y necesitaba un “a mexican nightshirt” cagando leches.
En mi puesto de referencia había muchísimo jaleo. Lo primero es mirar hacia arriba porque el año pasado me cayó una pinza de hierro de esas con las que sujetan las paradas y casi acabo en urgencias con conmoción cerebral. Pero esa es otra historia, cuando vuelva a tocar comedia la cuento.
He tomado posiciones para batirme el cobre detrás de dos pijas con buen ojo, la ubicación es imprescindible y más si la vendedora, psicópata de por sí, no se ha tomado la medicación.
Los montones deben barrerse en plan robocop, cuadrante por cuadrante. La pija de la derecha ha interceptado una túnica que habría hecho las delicias de Frida, yo disimuladamente he esperado durante diez minutos en plan ave rapaz, por si tenía a bien soltar la presa. Al final ha habido suerte y he conseguido el vestido. Una vez fui capaz de resistir dos horas agarrada a una alfombra turca hasta que me la descolgaron de la pared, se esperar agazapada. Después de soltar los cinco euritos y más feliz que una perdiz, he seguido hacía el puesto de toallas sintiendo el odio de las pijas usurpadas en mi espalda.
De pronto me ha sorprendido ver una cámara de televisión grabando a una chica que revolvía en una parada. Es una “bloguera de moda” decían dos señoras a mi lado. Rapidita me he colocado a su vera para delimitar el ojo clínico de la bloguera en cuestión, porque dicen que se copian todo unas a otras.
De repente la chica, harta de rebuscar, le ha espetado al dueño (un gitano cincuentón): “ Sr. por favor busco una falda trendy para completar un look casual en tono nude”.
La cara del gitano no tenía precio.
Yo conciliadora y dispuesta he traducido: “busca una falda moderneta de color carne”. He dicho adiós con la boina al gitano y a la bloguera y me he venido al despacho.
La túnica vintage a lo Frida niquelada y de una marca americana que viste a Michelle Obama, especialista en tallas especiales eso sí, pero esa también es otra historia.
Para Carmen, esperando que mis tonterías la distraigan un instante.
El día ha comenzado con sol radiante y desayuno en barecito diferente, café con leche + zumo de naranja + ausencia de hijo en etapa púber + revista + mercadillo semanal + croissant de última hora sin arrepentimiento.
Desechada la prensa del día que bastante tengo con lo que tengo, me he dado a la frivolidad.
En mi nube celestial he descubierto que cada vez resulta más complicado leer una revista de moda sin tener un diccionario a mano, todo son hipsters, fashion weeks, in and out, casual style, it girls y must have. No daba crédito a tanto anglicismo junto mientras me metía el croissant de mantequilla entre pecho y espalda. Abierta de miras hacia el mundo del renueve primaveral, me he dirigido al mercadillo de Pelayo porque yo soy muy capaz de cuadrar un total look por 5 euritos y quedar como una reina. Lo de pisar Zara con mis recortes va quedando ya para las grandes ocasiones.
Además tengo que disfrazarme de Frida Kalho el sábado y necesitaba un “a mexican nightshirt” cagando leches.
En mi puesto de referencia había muchísimo jaleo. Lo primero es mirar hacia arriba porque el año pasado me cayó una pinza de hierro de esas con las que sujetan las paradas y casi acabo en urgencias con conmoción cerebral. Pero esa es otra historia, cuando vuelva a tocar comedia la cuento.
He tomado posiciones para batirme el cobre detrás de dos pijas con buen ojo, la ubicación es imprescindible y más si la vendedora, psicópata de por sí, no se ha tomado la medicación.
Los montones deben barrerse en plan robocop, cuadrante por cuadrante. La pija de la derecha ha interceptado una túnica que habría hecho las delicias de Frida, yo disimuladamente he esperado durante diez minutos en plan ave rapaz, por si tenía a bien soltar la presa. Al final ha habido suerte y he conseguido el vestido. Una vez fui capaz de resistir dos horas agarrada a una alfombra turca hasta que me la descolgaron de la pared, se esperar agazapada. Después de soltar los cinco euritos y más feliz que una perdiz, he seguido hacía el puesto de toallas sintiendo el odio de las pijas usurpadas en mi espalda.
De pronto me ha sorprendido ver una cámara de televisión grabando a una chica que revolvía en una parada. Es una “bloguera de moda” decían dos señoras a mi lado. Rapidita me he colocado a su vera para delimitar el ojo clínico de la bloguera en cuestión, porque dicen que se copian todo unas a otras.
De repente la chica, harta de rebuscar, le ha espetado al dueño (un gitano cincuentón): “ Sr. por favor busco una falda trendy para completar un look casual en tono nude”.
La cara del gitano no tenía precio.
Yo conciliadora y dispuesta he traducido: “busca una falda moderneta de color carne”. He dicho adiós con la boina al gitano y a la bloguera y me he venido al despacho.
La túnica vintage a lo Frida niquelada y de una marca americana que viste a Michelle Obama, especialista en tallas especiales eso sí, pero esa también es otra historia.
Para Carmen, esperando que mis tonterías la distraigan un instante.
jueves, 31 de octubre de 2013
PIMIENTOS VERDES FRITOS
Los días en que no oigo el despertador son un horror. El café corriendo no me gusta, marcharme sin una ducha menos y no te cuento los gritos de sargento de hierro que salen de mi garganta. Porque si yo me duermo, inexorablemente, mi hijo entra en un mundo de equilibrio zen que le impide correr, lavarse la cara, desayunar o escoger la coordinación de vestuario. Medita con la mirada en un punto fijo y no lo saco de su levitación, ni con una colleja a lo Amparo Baró.
Mientras decido que me pongo, me lo plancho, me visto, busco los zapatos, me asomo al balcón a ver si por fin hace frio (a este paso el calentamiento global nos va a dejar pasar las navidades en tanga), corro al café que bulle, escucho en la radio que Chaves se aparece en el metro de Caracas, intento sonreír pero como el día está torcido me sale un rictus confuso. Yo si tuviera que ser fantasma, me veo más en una playa de los Roques o en la de Ipanema, con un buen culo brasileño en todo lo alto. Quien sabe después de muerta igual la cirugía es gratis o de verdad existen los milagros.
No encuentro medias sanas, ni zapato bajo, entre taconazo o sandalia me pillo estas últimas. La cago fijo y me topo de bruces con el primer catarro de la temporada, hay inauguraciones inevitables. Me peino como puedo, me pinto el ojo negro que me sale un poco víctima de violencia de genero y cojo el bolso. Al abrirlo, descubro con terror un kilo de pimientos verdes de freír que compré ayer a última hora. De poco me presento con ellos en el despacho y tengo reunión a primera hora.
Le doy la comida a la gata, me tropiezo con ella, le grito a mi hijo que hoy toca fruta y hay que comprar dos plátanos en el mercado (considero la posibilidad de que se coma los pimientos en una nueva versión de los jueves día de la fruta/verdura). Soy una madre desnaturalizada y pelín innovadora, lo sé.
En el ascensor respiro hondo con la barriga, intento recomponerme, recuperar la compostura. Como si supiera que esta no es mi vida, que es solo hoy, que yo soy una tía serena, equilibrada y controladora que no lleva pimientos en el bolso.
Cuando llego a la planta baja se rompe el hechizo, suspiro y me digo a mi misma: “entre una apariencia de cordura como la tuya y la locura más absoluta solo hay un paso. Como del amor al odio”.
Y ahí estamos en el filo de la navaja.
Me voy corriendo a comprar propoleo, tengo las cuerdas vocales hechas un asco y esta noche para cenar un pisto que me queda riquísimo.
Mientras decido que me pongo, me lo plancho, me visto, busco los zapatos, me asomo al balcón a ver si por fin hace frio (a este paso el calentamiento global nos va a dejar pasar las navidades en tanga), corro al café que bulle, escucho en la radio que Chaves se aparece en el metro de Caracas, intento sonreír pero como el día está torcido me sale un rictus confuso. Yo si tuviera que ser fantasma, me veo más en una playa de los Roques o en la de Ipanema, con un buen culo brasileño en todo lo alto. Quien sabe después de muerta igual la cirugía es gratis o de verdad existen los milagros.
No encuentro medias sanas, ni zapato bajo, entre taconazo o sandalia me pillo estas últimas. La cago fijo y me topo de bruces con el primer catarro de la temporada, hay inauguraciones inevitables. Me peino como puedo, me pinto el ojo negro que me sale un poco víctima de violencia de genero y cojo el bolso. Al abrirlo, descubro con terror un kilo de pimientos verdes de freír que compré ayer a última hora. De poco me presento con ellos en el despacho y tengo reunión a primera hora.
Le doy la comida a la gata, me tropiezo con ella, le grito a mi hijo que hoy toca fruta y hay que comprar dos plátanos en el mercado (considero la posibilidad de que se coma los pimientos en una nueva versión de los jueves día de la fruta/verdura). Soy una madre desnaturalizada y pelín innovadora, lo sé.
En el ascensor respiro hondo con la barriga, intento recomponerme, recuperar la compostura. Como si supiera que esta no es mi vida, que es solo hoy, que yo soy una tía serena, equilibrada y controladora que no lleva pimientos en el bolso.
Cuando llego a la planta baja se rompe el hechizo, suspiro y me digo a mi misma: “entre una apariencia de cordura como la tuya y la locura más absoluta solo hay un paso. Como del amor al odio”.
Y ahí estamos en el filo de la navaja.
Me voy corriendo a comprar propoleo, tengo las cuerdas vocales hechas un asco y esta noche para cenar un pisto que me queda riquísimo.
sábado, 19 de octubre de 2013
Súper
En casa hemos pasado lo que se dice un verano de mierda. Con perdidas difíciles de asumir, que sobrellevamos como podemos y a ratos. Las malas rachas es lo que tienen, a veces llegan y se instalan para una larga temporada.
Me propuse hacer todo lo posible para que el otoño renovara las energías. Así que hasta hace unos días, estudiaba tutoriales de feng shui, a marchas forzadas. Que si espejos en la entrada para absorber positividad, peces y corrientes de agua fluyendo (esto último sale carísimo porque dejar el grifo abierto, tú me dirás), que si los muebles mirando al sur, para esto me fue completamente necesario, el kit excursionista de mi hijo con brújula profesional, porque yo para los puntos cardinales soy un completo desastre.
Una vez acepté que las filosofías orientales no son lo mío, me centré en comprar ambientadores naturales y ventilar mucho la casa, pero teniendo tres obras al unísono rodeándola, acabó pareciéndome una idea francamente mejorable. Estaba muerta de tanto quitar el polvo, la lavanda del ambientador me daba dolor de cabeza y fluir aquello, tampoco fluía mucho, la verdad. Cerré balcones, le di el incienso a la vecina hippie del segundo y seguí dándole vueltas a la dichosa renovación otoñal.
El paso siguiente fue redecorar, sin dinero, obviamente. De pintar no hablemos que tengo la espalda hecha un asco, compré letras de madera, escribí textos en la pared, cambié de sitio los cuadros. Recogí algún trasto de un contenedor de barrio postinero, donde se encuentran maravillas y rogué con todas mis fuerzas, a las energías de Fabiana (mi suegra) y Marisa, que me echaran una mano.
Dicho y hecho.
El sábado pasado encontramos un gatito medio muerto bajo el guardabarros de un coche. Me he pasado la semana dándole de comer y de beber con jeringuillas. Estimulándole el ano (nunca te acostarás sin saber una cosa más), aplaudiéndole cuando consigue hacer caca, celebrando que la tape como un gato educado de buena familia y escuchando las carcajadas de mi hijo al correr por el pasillo.
Pero sobre todo, viendo la media sonrisa perdida de mi marido, al descubrir que una diminuta bola de pelo (todavía ignoramos si macho o hembra), ha dormido de un tirón dentro de una de sus zapatillas.
Que ganas tenía de volver a verla. Porque a veces cuando la sonrisa se pierde, no es sencilla de recuperar, os lo dice una completa experta.
Por si acaso yo ya he comprado la S de SUPER, me da que va a ser chicote y se va a quedar por mucho tiempo.
Me propuse hacer todo lo posible para que el otoño renovara las energías. Así que hasta hace unos días, estudiaba tutoriales de feng shui, a marchas forzadas. Que si espejos en la entrada para absorber positividad, peces y corrientes de agua fluyendo (esto último sale carísimo porque dejar el grifo abierto, tú me dirás), que si los muebles mirando al sur, para esto me fue completamente necesario, el kit excursionista de mi hijo con brújula profesional, porque yo para los puntos cardinales soy un completo desastre.
Una vez acepté que las filosofías orientales no son lo mío, me centré en comprar ambientadores naturales y ventilar mucho la casa, pero teniendo tres obras al unísono rodeándola, acabó pareciéndome una idea francamente mejorable. Estaba muerta de tanto quitar el polvo, la lavanda del ambientador me daba dolor de cabeza y fluir aquello, tampoco fluía mucho, la verdad. Cerré balcones, le di el incienso a la vecina hippie del segundo y seguí dándole vueltas a la dichosa renovación otoñal.
El paso siguiente fue redecorar, sin dinero, obviamente. De pintar no hablemos que tengo la espalda hecha un asco, compré letras de madera, escribí textos en la pared, cambié de sitio los cuadros. Recogí algún trasto de un contenedor de barrio postinero, donde se encuentran maravillas y rogué con todas mis fuerzas, a las energías de Fabiana (mi suegra) y Marisa, que me echaran una mano.
Dicho y hecho.
El sábado pasado encontramos un gatito medio muerto bajo el guardabarros de un coche. Me he pasado la semana dándole de comer y de beber con jeringuillas. Estimulándole el ano (nunca te acostarás sin saber una cosa más), aplaudiéndole cuando consigue hacer caca, celebrando que la tape como un gato educado de buena familia y escuchando las carcajadas de mi hijo al correr por el pasillo.
Pero sobre todo, viendo la media sonrisa perdida de mi marido, al descubrir que una diminuta bola de pelo (todavía ignoramos si macho o hembra), ha dormido de un tirón dentro de una de sus zapatillas.
Que ganas tenía de volver a verla. Porque a veces cuando la sonrisa se pierde, no es sencilla de recuperar, os lo dice una completa experta.
Por si acaso yo ya he comprado la S de SUPER, me da que va a ser chicote y se va a quedar por mucho tiempo.
jueves, 21 de febrero de 2013
REMATE FINAL
Llevo unos días despistada perdida. No en plan infanta, de aquí pongo una firmita y me crece un palacete. Doy más el look Ana Mato sin broncear, es decir, no veo ni torta porque vivo en un universo paralelo. Ni encuentro el jaguar, ni el móvil, ni los zapatos pino, ni la falda negra. Por no hablar del confeti festivalero, voy tan a tontas y a locas, que si lo tuviera, fijo que lo confundo con las lentejas que se me cayeron la otra mañana.
Para intentar acabar con tanto desbarajuste, me he hecho una lista, rollo Bárcenas pero sin pasta, donde “HE DE IR A LA ÓPTICA CON URGENCIA” ocupa el primer puesto, pero no la encuentro, conclusión: en estos momentos soy una rompetechos sin rumbo.
No ver tres en un burro, tiene múltiples ventajas. No aprecias la raya del tinte, pasas de dar conversación a la pesada del noveno, destierras de tu vida los caretos del tándem Rajoy- Rubalcaba y la gente considera que te has vuelto daltónica repentina, ante la descoordinación de vestuario. Ahora eso sí, ya lo decía Marilyn Monroe: “los miopes tenemos un brillo maravilloso en la mirada”. Así que, a ojos bonitos, últimamente, no me gana ni Dios.
En este estado de ceguera transitoria, se me ocurrió irme de rebajas la otra tarde. Los precios de Febrero son los mejores y aunque no necesitaba nada específico, a mí un chollo, me gusta más que arrancarle el smoking a Daniel Craig.
En la primera tienda ya percibí que estaba de suerte, porque las rebajas son como el bingo. Hay días que por mucho que busques no das una, sin embargo otros, solo llegan a tus manos cosas de tu estilo, talla y escaso poder adquisitivo. Cuando estás bendecida hay que aprovechar.
Acumulé faldas, camisas, pantalones, trajes de noche sin espalda, gorros de lana y hasta una estola de visón sintética (por confusión ocular, que yo lo de las pieles no lo llevo nada bien).
Subidón total. Todas y cada una de las prendas, por arte de magia, me sentaban como un guante. Era cosa de respirar hondo, centrarme y elegir. Sin embargo, por un instante, me crecí tanto, que estuve en un tris de llamar a la dependienta y rogarle, cual pretty woman cuarentona, que me hiciera la pelota rastreramente. Gracias a Dios me contuve.
Aun borracha de éxito (que bien me hubieran venido unas cañitas) me senté, respiré y devolví al perchero, no sin profundo dolor, las doce prendas imposibles que no pasaban a la siguiente ronda.
Abreviando, me fui a casa con tres suéteres escotados a 5,99 €, unas botas pre sky por 10 €, un pantalón de motera a 9,99 € y una falda lucidora para eventos por 15,95 €. Siempre versátil y mirando el euro, como le gusta a mi madre.
En casa, ya con una caña real en la mano y el ojo crítico de mi marido, el sueño se esfumó.
Reconvertida en cenicienta, al final solo salvé de la quema, las botas pre sky.
Aunque, eso sí, por lo menos he conseguido localizar la Barcena´s list dentro de la caja de las galletas y me he pillado cita en la óptica, esto no puede continuar así.
Para intentar acabar con tanto desbarajuste, me he hecho una lista, rollo Bárcenas pero sin pasta, donde “HE DE IR A LA ÓPTICA CON URGENCIA” ocupa el primer puesto, pero no la encuentro, conclusión: en estos momentos soy una rompetechos sin rumbo.
No ver tres en un burro, tiene múltiples ventajas. No aprecias la raya del tinte, pasas de dar conversación a la pesada del noveno, destierras de tu vida los caretos del tándem Rajoy- Rubalcaba y la gente considera que te has vuelto daltónica repentina, ante la descoordinación de vestuario. Ahora eso sí, ya lo decía Marilyn Monroe: “los miopes tenemos un brillo maravilloso en la mirada”. Así que, a ojos bonitos, últimamente, no me gana ni Dios.
En este estado de ceguera transitoria, se me ocurrió irme de rebajas la otra tarde. Los precios de Febrero son los mejores y aunque no necesitaba nada específico, a mí un chollo, me gusta más que arrancarle el smoking a Daniel Craig.
En la primera tienda ya percibí que estaba de suerte, porque las rebajas son como el bingo. Hay días que por mucho que busques no das una, sin embargo otros, solo llegan a tus manos cosas de tu estilo, talla y escaso poder adquisitivo. Cuando estás bendecida hay que aprovechar.
Acumulé faldas, camisas, pantalones, trajes de noche sin espalda, gorros de lana y hasta una estola de visón sintética (por confusión ocular, que yo lo de las pieles no lo llevo nada bien).
Subidón total. Todas y cada una de las prendas, por arte de magia, me sentaban como un guante. Era cosa de respirar hondo, centrarme y elegir. Sin embargo, por un instante, me crecí tanto, que estuve en un tris de llamar a la dependienta y rogarle, cual pretty woman cuarentona, que me hiciera la pelota rastreramente. Gracias a Dios me contuve.
Aun borracha de éxito (que bien me hubieran venido unas cañitas) me senté, respiré y devolví al perchero, no sin profundo dolor, las doce prendas imposibles que no pasaban a la siguiente ronda.
Abreviando, me fui a casa con tres suéteres escotados a 5,99 €, unas botas pre sky por 10 €, un pantalón de motera a 9,99 € y una falda lucidora para eventos por 15,95 €. Siempre versátil y mirando el euro, como le gusta a mi madre.
En casa, ya con una caña real en la mano y el ojo crítico de mi marido, el sueño se esfumó.
Reconvertida en cenicienta, al final solo salvé de la quema, las botas pre sky.
Aunque, eso sí, por lo menos he conseguido localizar la Barcena´s list dentro de la caja de las galletas y me he pillado cita en la óptica, esto no puede continuar así.
viernes, 1 de febrero de 2013
QUIERO UN TECNÓCRATA YA
De mediana edad a ser posible, no sea que salga cazador o campechano y vayamos de Guatemala a Guatepeor. Yo por elegir le pondría pelo cano y gafas, barba no, que me trae malos recuerdos. Buena facha y huesos fuertes, si no luego nos dejamos un congo en muletas con luces de freno.
Mi tecnócrata debe ir bien vestido, pero nada de sastrería a medida tipo Camps. Gama alta del Corte Inglés y arreando.
Su curriculum intachable por favor, estudios superiores, másteres en Harvard o Columbia y tres idiomas mínimo, pero bien hablaos, no rollito Amy Martin “de yo hablo alemán fluido hasta que me pilla el director del Instituto Goethe y no paso del guten morgen”.
Experiencia en banca internacional, suiza por más señas, que esos si que saben cortar el bacalao. Me valen también bancos quebrados de Estados Unidos, aunque en realidad el sitio es lo de menos, me da que todos son casi clavaditos. Eso sí, mi tecnócrata no puede tener cuadernos de caja dignos de una mercería de los años cincuenta. Lo quiero todo informatizado. Le ponemos wifis, ipads, ipods, imacs, Windows y lo que sea menester. Libretas de caja ni una ni media y tan feas y cutres, menos. Una de poli piel para tomar notas si acaso, pero mona, ya se la miro yo.
La familia y los hobbys son esenciales, de caza mayor, nada de nada que sabemos como acaba. Bailes de salón y petanca, los cincuentones ya no están para muchas alegrías.Yernos ni uno ni medio, luego se vienen arriba y parecemos un capitulo de “Los Soprano”. Casado sin hijos mejor, así nos quitamos líos. Que si “colócame al nene allende los mares que me ha salido chorizo, que si en Bankia al secretario de las niñas”, un no parar de compromisos.
Su señora, profesional, estilosa, de las que comprando en oportunidades quedan niqueladas. Oye son tiempos difíciles. Las hay que con dos trapitos están monísimas, pues de esas. Y de cirugías rien de rien, cremas ponds como mi madre y si no resulta, una mascarilla de pepino, te quita las bolsas que es un primor.
La sanidad privada no se contempla. A la seguridad social como todo hijo de vecino, esperemos que nos salga sanote, más que nada por no verlo compartiendo pasillo en urgencias con doscientas personas, la imagen internacional se resentiría y últimamente no estamos para echar cohetes.
Coche oficial no va a tener. Transporte público y a mezclarse con el pueblo llano. Lo bonito que es el metro a las ocho de la mañana. Eso no tiene precio. Esa cercanía, ese bullicio, ese olor a humanidad, esas caras de alegría...¿Qué es eso de tener un parque móvil de 89 coches oficiales, donde se ha visto? Una bici en buen estado y a correr mundo.
Los viajes en turista, nada de personalidades, ni salas vip. Francachelas las justas. Y los restaurantes de menú. Dieta mediterránea, oye unas lentejitas, un emperador plancha. De alcohol nada, bueno un par de cubatas para olvidar, pero ojo, que luego engordas y te sube el colesterol y al final todo son gaitas.
Banda ancha va a tener, pero cuidadin con los correos que luego todo se sabe. Eso de internet lo carga el diablo, así que siempre con moderación. Y sin firmas calenturientas por Dios, si se deja anónimo tampoco pasa nada. Sobres de momento no vamos a encargar, que la cosa está muy caliente todavía, carpetillas sin membrete y gracias.
La vivienda se la incluimos. Pero de palacios y palacetes no hablamos. Que te dejas una dineral en reformas y que si pagos en a y en b y en c. Un piso coqueto de 90 metros y ya. Decoradito mono, con sus detalles de Ikea y sus estanterías Burdrum y Solbrum. Todo montado eso sí, que no quiero que me pierda tiempo en bricolaje del hogar.
Asesores los justos. Una secretaria de toda la vida, una Purita, Pepita o Mari Luz. Que entienda de contabilidad y bancos. Aseadita y lucidora, por si alguna noche viene Doña Ángela desde Berlín y hay que sacarla a algún tablao.
Exigimos eso si, dedicación exclusiva, está incluida la visita semanal al modulo de aislamiento de Carabanchel. Lógicamente necesitará mucha información de todos los gestores anteriores.
El contrato indefinido y sin periodo de prueba, echando la casa por la ventana. Si no nos gusta, pues 20 días y otro, das una patada y te salen tecnócratas hasta de debajo de las piedras. Es lo que tienen las crisis que hay mucho paro y puedes elegir.
Ale, yo creo que ya está todo.
Lo cuelgo en internet y en nada empiezo con la selección.
miércoles, 16 de enero de 2013
OCHO FUNDAS DE COJÍN
Mucha gente opina que si enfermas, es porque no has hecho las cosas bien, así con dos cojones. Será que tu yo interior no está en paz, que no administras bien las energías, o que no fluyes cual agua de manantial. Pero vamos que la que la caga
eres tú. Te sueltan eso y se quedan más anchos que largos. Cuando lo escuchas, a veces reaccionas con corrección y otras sin ningún filtro rebates la tesis de marras, hablas de la genética, de la oncología infantil, de los hábitos, del estrés, de la bajada de defensas… y por dentro, piensas cuanto mal está haciendo Punset con sus divulgaciones, me cago en diez. Pero no por eso dejas de sentirte una cateta integral, incapaz de absorber la energía cósmica, por la planta de los pies en plan indio cherokee. Con igual naturalidad te comentan “A mi es que no me gustan nada, nada, los hospitales” y tú que encima andas de revisiones, consideras seriamente la posibilidad de sacar una cinta de precinto y empezar a tapar bocas, no se vayan a pensar que pasas por oncología a dar una clase de pilates o a echar la mañana.
Ayer me tocaba hospital. Cogí el autobús, toda la energía que pude meter dentro y me planté en la puerta con tres cuartos de hora de antelación, entre esperar dentro o cotillear una tienda de decoración que estaba liquidando, elegí la segunda opción. Resultado, acabé comprando ocho fundas de cojín debidamente coordinadas, para cama de matrimonio. Vosotros con buen criterio, os preguntareis si estoy casada con Pau Gasol, o tengo camitas separadas en plan los Roper. Pues ni una cosa ni la otra, la energía del suelo no traspasó mis botas y se me fue la olla, algo totalmente cotidiano en mí.
Una vez tuve completamente redecorado mi lecho conyugal, me metí entre pecho y espalda dos litros de agua, porque los tacs necesitan que estés debidamente bebida y meada, tomé posiciones y esperé a que me llamaran. Me pasaron a una salita para quitarme la ropa y ahí afloró mi estupendo conjunto nuevo, siempre que voy al médico oigo la voz de mi madre: “nena ponte ropa interior buena que nunca se sabe” obediente que es una. Doy un vistazo espacial y pienso que en lugar de invitar a la tal Corinna a cuchipandas urdangarinescas, ya podíamos haber redecorado radiología. Estoy en un tris de sacar mis fundas de cojín para crear ambiente, pero me llaman, la vía me espera. Rezo para que la enfermera sea certera porque básicamente me estoy meando. Cuando están a punto de introducirme en el aparato, se abre la puerta y aparece un pobre señor medio muerto con politraumatismos severos, me dicen que me largue, que tiene prioridad. Me bajo con la vía puesta y en porreta. De vuelta al cuartito, constato que tengo un gravísimo problema, me meo sin remedio, estoy desnuda y llevo un gotero enganchado al brazo izquierdo, lo que se dice un poema. Así que echo mano de toda mi fuerza interior, empiezo a respirar con la barriga, inhalo aire azul exhalo aire rojo, y entre om y om me viene la imagen del bolso de Concha Velasco lleno de compresas Tena Lady. Busco un punto fijo en la desconchada pared pero no me concentro y me pongo a rezar por una taza de wáter. Cuando estoy empezando a hacer el árbol, la enfermera me pregunta si necesito algo, antes de que abra la puerta, me vea haciendo yoga y le dé un vahído, le grito: “Socorro me hago pis”.
Pisar el baño de las enfermeras y venirme arriba fue todo uno. Con donaire me metí en el tubo, me enchufaron el contraste, me fotografiaron por todos los ángulos y aquí paz y después gloria.
Me volví a casa debidamente redecorada y dispuesta a buscar cherokke en google, a ver cómo demonios se lo montan con lo de la energía.
Este cuentecito está completamente dedicado al señor de los politraumatismos severos, pobrecito mío.
lunes, 3 de diciembre de 2012
DECALOGO DE BRIDGET JONES
Todas tenemos alma de Bridget Jones. Algunas más que otras es verdad, pero estoy convencida, que librarnos, no se libra ni Angelina Jolie. Creo que ya he comentado alguna vez mi chifladura hacia Jo March de “Mujercitas” por rebelde y escritora. Y qué decir de Escarlata O´hara y su “juro por Dios que nunca volveré a pasar hambre” o la Meg Ryan (por cierto ya tardan en encarcelar a su cirujano plástico) de “Cuando Harry encontró a Sally” con orgasmo fingido incorporado. Yo tengo algo de todas ellas. Soy disparatada, divertida a veces, rebelde (cada vez menos, ahora muto a gruñona) pero sobre todo inmensamente patosa en la preparación de cualquier evento social. Por eso para que aprendáis de mis fracasos, me he propuesto a mi misma este reto titánico.
Enmendad mis errores/cagadas/glups! tierra trágame-me quiero morir:
1º-Hacer pis y caca antes de pintarse las uñas, aquí quedan exentas las que hayan trabajado en un circo como contorsionistas.
2º-Comprar al menos dos pares de medias. Comprobar que no son leggins antes de que cierren la corsetería (me encanta la palabreja). Respirar profundo con la barriga para no gritar, sentarse en la taza del wáter y analizar el desastre, después recuperada la compostura, pasar al siguiente punto. El suicidio no se contempla bajo ningún concepto.
3º- Dejar de depilarte las cejas antes de empezar a parecerte peligrosamente al Dr. Spock de Star Trek.
Graduarte la vista para no confundir pecas con pelos del bigote y viceversa.
4º- Nunca maquillarte mirando un tutorial de Maybelline en youtube. Son profesionales, tu no. Corres el riego de que en vez de hacerte un ojo ahumado parezcas una víctima de violencia de género.
5º Si el evento es en una colina, jamás utilizar un zapato-pino (donde te los pones echas raíces), tampoco si hay baile o si el baño está a más de 5 metros de distancia de tu ubicación actual.
5º- Recordad que con el frio los pies encojen, o eso o por la osteoporosis soy la increíble mujer menguante. Debo recordar decírselo a mi médica de cabecera para que la ciencia comience a estudiarme lo antes posible.
6º- Por mucho frio que tengas no tomar tres martinis blancos consecutivos, básicamente entras en calor y te da la risa floja, pero o te caes de los zapatos pino o te tienes que ir a mear rauda y veloz. Así que el desastre está garantizado.
7º Rezar para que no te toque un gilipollas de compañero de mesa. Para esto yo utilizo una estampita de Santa Rosa de Lima que me regaló una vecina, lo de ”mano de santo” no es ninguna tontería. Si no se es creyente hay que encomendarse a otras energías cósmicas o no cortarse y directamente cambiar las tarjetitas con los nombres. Un evento de tres horas con un imbécil dándote la brasa es lo peor, creedme tengo experiencia.
8º Si la cerveza por mucho que te guste te da gases, NO PROBARLA o te la juegas. Un eructo en la mesa no lo compensas ni siendo un hibrido de Giselle Bundchen con Madame Curie.
9º No venirte arriba con la orquesta, el señor no te ha llamado por el camino de la danza. Como mucho un par de temitas y siempre en un rincón masificado. “Dancing Queen” es solo una canción, pero hizo mucho daño.
10º- Desmaquillarte cuidadosamente o aceptar con resignación, que tu almohada a la mañana siguiente parezca una réplica casera de la sábana santa de Turín.
Ahora os lo listáis, lo colocáis en la puerta de la nevera y recordad, cada mañana una leidita. Me lo agradecereis.
Enmendad mis errores/cagadas/glups! tierra trágame-me quiero morir:
1º-Hacer pis y caca antes de pintarse las uñas, aquí quedan exentas las que hayan trabajado en un circo como contorsionistas.
2º-Comprar al menos dos pares de medias. Comprobar que no son leggins antes de que cierren la corsetería (me encanta la palabreja). Respirar profundo con la barriga para no gritar, sentarse en la taza del wáter y analizar el desastre, después recuperada la compostura, pasar al siguiente punto. El suicidio no se contempla bajo ningún concepto.
3º- Dejar de depilarte las cejas antes de empezar a parecerte peligrosamente al Dr. Spock de Star Trek.
Graduarte la vista para no confundir pecas con pelos del bigote y viceversa.
4º- Nunca maquillarte mirando un tutorial de Maybelline en youtube. Son profesionales, tu no. Corres el riego de que en vez de hacerte un ojo ahumado parezcas una víctima de violencia de género.
5º Si el evento es en una colina, jamás utilizar un zapato-pino (donde te los pones echas raíces), tampoco si hay baile o si el baño está a más de 5 metros de distancia de tu ubicación actual.
5º- Recordad que con el frio los pies encojen, o eso o por la osteoporosis soy la increíble mujer menguante. Debo recordar decírselo a mi médica de cabecera para que la ciencia comience a estudiarme lo antes posible.
6º- Por mucho frio que tengas no tomar tres martinis blancos consecutivos, básicamente entras en calor y te da la risa floja, pero o te caes de los zapatos pino o te tienes que ir a mear rauda y veloz. Así que el desastre está garantizado.
7º Rezar para que no te toque un gilipollas de compañero de mesa. Para esto yo utilizo una estampita de Santa Rosa de Lima que me regaló una vecina, lo de ”mano de santo” no es ninguna tontería. Si no se es creyente hay que encomendarse a otras energías cósmicas o no cortarse y directamente cambiar las tarjetitas con los nombres. Un evento de tres horas con un imbécil dándote la brasa es lo peor, creedme tengo experiencia.
8º Si la cerveza por mucho que te guste te da gases, NO PROBARLA o te la juegas. Un eructo en la mesa no lo compensas ni siendo un hibrido de Giselle Bundchen con Madame Curie.
9º No venirte arriba con la orquesta, el señor no te ha llamado por el camino de la danza. Como mucho un par de temitas y siempre en un rincón masificado. “Dancing Queen” es solo una canción, pero hizo mucho daño.
10º- Desmaquillarte cuidadosamente o aceptar con resignación, que tu almohada a la mañana siguiente parezca una réplica casera de la sábana santa de Turín.
Ahora os lo listáis, lo colocáis en la puerta de la nevera y recordad, cada mañana una leidita. Me lo agradecereis.
miércoles, 25 de julio de 2012
LO PROMETIDO ES DEUDA
Yo soy muy de series.
Desde mis inicios con “Falcon Crest”, he sido devota seguidora de “Cheers”, con aquel antológico Sam Malone, intentando beneficiarse a todo lo que se menea. De “Fraiser”, donde mi favorito, era con diferencia Niles, el hermano puntilloso. O “Seinfeld” una de mis debilidades, porque todos absolutamente todos, estaban chiflados y eso convendréis conmigo, los hacía muy cercanos a nuestras propias miserias.
También he sido fan entregada de “Friends”“Los Simpson” y “Los Soprano”, redondas y magnificas las tres. Incluso confesaré sin vergüenza que me enganché durante meses a “Beti la fea” un culebrón colombiano, que seguimos mi marido y yo hasta el final, con algunas lagrimillas incluidas. Ya veis, versátil que es una.
Ahora me manejo con “Modern Family” o “Parenthood” y me dejo muchas en el tintero, como los inicios de “CSI” con aquel investigador negro de toma pan y moja o “House” que para ser de médicos y tener por prota a un psicópata de andar por casa, también me molaba.
La que nunca seguí demasiado fue “Sexo en Nueva York”. No era que no me gustase, pero no me atrapaba. Me la encontraba de madrugada en alguna noche de insomnio y se dejaba ver, pero conquistarme, nunca me conquistó. Si la traigo hoy y la mezclo con el top ten de mi entretenimiento, es por una escena que clavé la otra tarde, en una boutique de alto copete.
Imaginad: Carrie Bradshaw se va a Paris siguiendo a su noviete, cosa comprensible porque el chulazo en cuestión era Mijail Barishnikov. Ya me estoy dispersando peligrosamente. Perdón me reconduzco.
La buena de Carrie en Paris, más sola que la una. ¿Qué va a hacer la pobre muchacha? Para que va a dejarse caer por el Museo de Orsay, ¿que se le ha perdido a ella entre Monets y Pissarros? Rien de rien. Así que a los trapitos que es lo suyo. Y ahí la tienes, haciendo una entrada triunfal en la tienda Chanel de la Avenue Montaigne, toda fina ella. Pero con tan mala fortuna que debido a la lluvia se mete un piñazo brutal. Doña Coco aun se está revolviendo en su tumba. Porque hay caídas o tropezones que puedes camuflar o disimular, recomponer con rapidez, pero hay otros, que definitivamente no tienen arreglo.
El mío como el de Carrie, fue de estos últimos.
Ya os conté en el post anterior, dedicado con todo mi cariño, a esa prócer de la democracia española Andrea Fabra, que no me gustan las tiendas lujosas. En primer lugar, por lo caras y en segundo por la soledad inquietante que me trasmiten. Todo pulcro y ordenado por colores, las luces, la amplitud, la señorita con la mirada perdida en el infinito, más aburrida que una seta. Todas se parecen. Y aunque lo mío es más el bullicio de Zara, la otra tarde me encontré mona y en un arrebato de autoestima, me introduje en una. He de advertir que había bebido un par de tintos de verano, lo que ayudó bastante a que me viniera arriba.
Tenían una ropa preciosa la verdad, de esa que te pones encima y de inmediato te transforma como si fueras Cenicienta y tuvieras un hada personal shooper. Pero ni hipotecándome para tres meses podía comprarme algo. El problema era que no quería que se notase con tanta rapidez que estoy sin blanca. Quería poder largarme de allí con una cierta dignidad, como que no compraba nada porque no quería, no porque fuera pobre de solemnidad. Así que fingiendo una soltura producto de los vinitos anteriores, me dirigí hacía la zona de calzado. Me chiflan los zapatos, cuanto más tacón mejor, aunque no pueda andar con ellos, son como un imán, necesito probármelos. Pues dicho y hecho, me puse unas antológicas sandalias de plataforma color verde pistacho y llena de gracia y donaire empecé a andar.
Os confesaré que crucé un poco las piernas en plan top model – que no se yo como no se parten la crisma – y no tardé ni tres zancadas en meterme un tortazo que ríete tú de la buena de Carrie. Toda larga en el suelo con la imagen del rey y el elefante en mi memoria, sentí un sudor frio. Me recompuse como pude. Cojeando eso sí. Gracias al cielo la vendedora no se sorprendió demasiado, más que nada porque el botox de la cara no se lo permitía.
Así que como Dios me dio a entender, me quité los zapatos, huí sin rumbo conocido y cuando pude volví a casa en una calabaza.
Pasé por el parque donde mi madre y sus amigas toman el fresco cada tarde y les conté el suceso. Se estuvieron riendo y cuando ya me iba, una voz familiar me gritó:
“Nena a tus años, zapatito bajo, que los huesos ya no están para muchas alegrías”.
Cuanta sabiduría, vive Dios.
Desde mis inicios con “Falcon Crest”, he sido devota seguidora de “Cheers”, con aquel antológico Sam Malone, intentando beneficiarse a todo lo que se menea. De “Fraiser”, donde mi favorito, era con diferencia Niles, el hermano puntilloso. O “Seinfeld” una de mis debilidades, porque todos absolutamente todos, estaban chiflados y eso convendréis conmigo, los hacía muy cercanos a nuestras propias miserias.
También he sido fan entregada de “Friends”“Los Simpson” y “Los Soprano”, redondas y magnificas las tres. Incluso confesaré sin vergüenza que me enganché durante meses a “Beti la fea” un culebrón colombiano, que seguimos mi marido y yo hasta el final, con algunas lagrimillas incluidas. Ya veis, versátil que es una.
Ahora me manejo con “Modern Family” o “Parenthood” y me dejo muchas en el tintero, como los inicios de “CSI” con aquel investigador negro de toma pan y moja o “House” que para ser de médicos y tener por prota a un psicópata de andar por casa, también me molaba.
La que nunca seguí demasiado fue “Sexo en Nueva York”. No era que no me gustase, pero no me atrapaba. Me la encontraba de madrugada en alguna noche de insomnio y se dejaba ver, pero conquistarme, nunca me conquistó. Si la traigo hoy y la mezclo con el top ten de mi entretenimiento, es por una escena que clavé la otra tarde, en una boutique de alto copete.
Imaginad: Carrie Bradshaw se va a Paris siguiendo a su noviete, cosa comprensible porque el chulazo en cuestión era Mijail Barishnikov. Ya me estoy dispersando peligrosamente. Perdón me reconduzco.
La buena de Carrie en Paris, más sola que la una. ¿Qué va a hacer la pobre muchacha? Para que va a dejarse caer por el Museo de Orsay, ¿que se le ha perdido a ella entre Monets y Pissarros? Rien de rien. Así que a los trapitos que es lo suyo. Y ahí la tienes, haciendo una entrada triunfal en la tienda Chanel de la Avenue Montaigne, toda fina ella. Pero con tan mala fortuna que debido a la lluvia se mete un piñazo brutal. Doña Coco aun se está revolviendo en su tumba. Porque hay caídas o tropezones que puedes camuflar o disimular, recomponer con rapidez, pero hay otros, que definitivamente no tienen arreglo.
El mío como el de Carrie, fue de estos últimos.
Ya os conté en el post anterior, dedicado con todo mi cariño, a esa prócer de la democracia española Andrea Fabra, que no me gustan las tiendas lujosas. En primer lugar, por lo caras y en segundo por la soledad inquietante que me trasmiten. Todo pulcro y ordenado por colores, las luces, la amplitud, la señorita con la mirada perdida en el infinito, más aburrida que una seta. Todas se parecen. Y aunque lo mío es más el bullicio de Zara, la otra tarde me encontré mona y en un arrebato de autoestima, me introduje en una. He de advertir que había bebido un par de tintos de verano, lo que ayudó bastante a que me viniera arriba.
Tenían una ropa preciosa la verdad, de esa que te pones encima y de inmediato te transforma como si fueras Cenicienta y tuvieras un hada personal shooper. Pero ni hipotecándome para tres meses podía comprarme algo. El problema era que no quería que se notase con tanta rapidez que estoy sin blanca. Quería poder largarme de allí con una cierta dignidad, como que no compraba nada porque no quería, no porque fuera pobre de solemnidad. Así que fingiendo una soltura producto de los vinitos anteriores, me dirigí hacía la zona de calzado. Me chiflan los zapatos, cuanto más tacón mejor, aunque no pueda andar con ellos, son como un imán, necesito probármelos. Pues dicho y hecho, me puse unas antológicas sandalias de plataforma color verde pistacho y llena de gracia y donaire empecé a andar.
Os confesaré que crucé un poco las piernas en plan top model – que no se yo como no se parten la crisma – y no tardé ni tres zancadas en meterme un tortazo que ríete tú de la buena de Carrie. Toda larga en el suelo con la imagen del rey y el elefante en mi memoria, sentí un sudor frio. Me recompuse como pude. Cojeando eso sí. Gracias al cielo la vendedora no se sorprendió demasiado, más que nada porque el botox de la cara no se lo permitía.
Así que como Dios me dio a entender, me quité los zapatos, huí sin rumbo conocido y cuando pude volví a casa en una calabaza.
Pasé por el parque donde mi madre y sus amigas toman el fresco cada tarde y les conté el suceso. Se estuvieron riendo y cuando ya me iba, una voz familiar me gritó:
“Nena a tus años, zapatito bajo, que los huesos ya no están para muchas alegrías”.
Cuanta sabiduría, vive Dios.
viernes, 13 de enero de 2012
ALGODÓN DE ÁZUCAR
Hay días en que una siente deseos de tomar la Bastilla, desempolvar la guillotina y ponerse a cortar cabezas.
Perdonad la violencia sanguinaria, pero vivo en un país arruinado con aeropuertos que han costado miles de millones desde los que jamás despegará un avión, con yernos de monarcas - eso sí muy campechanos- que cobran pellizquitos de 4 millones de euros de dinero público por informes de 13 folios bajados de internet. O depuradoras de aguas residuales que justifican facturas de hoteles de 5 estrellas, viajes por todo el mundo y servicios de preciosas señoritas de compañía de Europa del este. (Juro que no vuelvo a oír un telediario porque la úlcera me acecha).
Mientras tanto el profesor de alternativa de mi hijo, en un alarde de pedagogía digno de mención, ha tenido a bien comentar en clase que Papa Noel y los reyes Magos no existen, que son las familias quienes compran los regalos y los dejan debajo del árbol.
Y para rematar, un policía quiso multarme ayer con 60 € por cruzar caminando un pequeño callejón sin esperar a que el semáforo estuviera verde.
Vamos lo que se dice un día redondo.
Vosotros diréis que estoy atacada y que el 2012 me está sentando de pena y lleváis toditita la razón, porque mi vida de funambulista profesional se vuelve más cuesta arriba cuando atravieso mis revisiones habituales. Pisar el hospital, meterme dentro de esas máquinas, aguantar la respiración, sentir el gotero de contraste, es lo que se dice un no parar de diversión.
Lo de la revolución francesa no pasa de juego de niños, así que hasta final de mes soy una olla exprés al galope.
Pero tanta energía cósmica no puede desperdiciarse así como así y ayer gocé de la compañía de una mujer Gelocatil. Porque la vida te da regalitos, como bombones, pequeños empujones de: “Venga Amparo una de cal y otra de arena” y vas y te nutres de la imaginación y de la creatividad de gente como esa y vuelves a casa flotando, con la cabeza inventando cuentos infantiles o poesías o acertijos disparatados… y piensas que maravilla mecagoendiez.
Así que aquí me tenéis renunciando al lado oscuro. Desempolvando mis armas anti TAC, arrinconando la guillotina y rebuscando mi último recuerdo mágico.
“Mi hijo la otra mañana lanzando dardos a unos globos, nunca he conseguido ganar nada en la feria y siento debilidad por esos gigantescos peluches sin dueño. Debía explotar tres para conseguir uno. Y lo hizo. Volví a casa envuelta en un maravilloso ciempiés verde pistacho”.
Ahora ya pueden meterme dentro. Tengo los marcadores tumorales en perfecto estado de revista.
Para Román mi paladín. Por su paciencia sin límites, aunque no tenga puntería.
domingo, 23 de octubre de 2011
ALGO PASA CON MARY
Cuando era pequeña apenas existían actividades extraescolares. Al salir del cole nos íbamos directos a casa para merendar un bocadillo de chorizo pamplonés y hacer los deberes. Con suerte jugabas un rato con el vecino si te habías portado bien, pero poco más la verdad.
Yo llegué a apuntarme una temporada a clases de ballet, sin ninguna finalidad especial, (supongo que mi madre quería que fuera elegante en mis movimientos) pero ya sabéis que el Señor no me ha llamado por el camino de la agilidad física. Todo aquello de los plies y releves me parecía un coñazo, así que no duré demasiado y tampoco lo sentí. Volví a jugar con Nicolás el del sexto mi compañero de expediciones al centro de la tierra, actividad mucho menos grácil pero bastante más divertida.
En los treinta y tantos años que han transcurrido desde entonces, el mundo de las actividades extraescolares ha experimentado una progresión abrumadora. Algunos niños de hoy, los de economías más desahogadas especialmente, aprenden con total naturalidad chino mandarin, equitación, futbol, siatsu, yoga o hip hop, entre bocado y bocado del bocata de chorizo (gracias a Dios esta parte permanece inamovible). Tienen una agenda digna del director del FMI, al que por cierto le hubiera ido bastante mejor dedicando sus esfuerzos a las clases de chino, que a intentar trajinarse de mala manera a la camarera de turno.
En definitiva, a mucha gente le parece que si no apunta a sus hijos a un montón de esas actividades, les está condenando poco menos que al ostracismo social y a un futuro incierto de recolector de hortalizas en el este de Hungría.
Aplicando el sentido común, convendréis conmigo que lo mejor es, si se quiere, potenciar habilidades. Partiendo de esa base y dado que mi hijo en otra vida fue pez, me vi abocada a matricularle en una piscina para perfeccionar su manera de nadar. Cuando se mete en el agua alcanza un grado máximo de felicidad, eso unido a sus suplicas y al nivel de cansancio que le aporta, me ayudó a decidirme.
Así que allí me tenéis en la puerta del polideportivo, repasado mentalmente si la bolsa de deporte iba correspondientemente preparada. “Bañador, tapones, toalla, chanclas de goma, albornoz, secador de pelo, gel de ducha, champú, gorro de látex, gafas de buceo, peine, muda limpia, un euro para la taquilla, la tarjeta de acceso a la zona de vestuarios…” Joder, más que a nadar, parece que va a capitanear el desembarco de Normandía (Aunque os aseguro que todos y cada uno de esos objetos son absolutamente necesarios en el mundo de la natación infantil de nuestros días).
Pero siempre por calculadora que una quiera llegar a ser, hay algo que escapa al guión previsto. En mi primer día de piscina esa incógnita fue la temperatura. Un calor húmedo y espeso que había olvidado. Ese ambiente denso que te hace sudar a mares en cuestión de segundos. Toda yo estaba mojada, de los pies a la cabeza, me llevaba las manos una y otra vez al pelo empapado, mientras haciendo equilibrios conseguí introducir al niño en el bañador, atornillarle los tapones y depositarlo cual hormiga atómica en la puerta de acceso dentro del horario previsto.
Rendida, mientras escapaba, me choqué con mi imagen en el espejo, para descubrir aterrada que el esperma que Cameron Diaz llevaba en su cabeza, era de una discreción meridiana comparado con mi aspecto. Acabé tirada en las escaleras, harta de darme codazos con mamás y abuelitos babeantes, que luchaban por seguir la clase desde los ventanales de la cafetería.
Al final, después de volver a sudar, duchar al niño a empujones, recoger las prendas mojadas y huir despavorida con rumbo incierto, descubrí con horror que mi camisa había estado completamente desabrochada durante toda la tarde, con el despechugue correspondiente. Y entendí por fin las miradas atónitas de los socorristas, el camarero y todo aquel que se cruzó conmigo.
La próxima vez, definitivamente, lo apunto a chino o me tiro al agua.
Yo llegué a apuntarme una temporada a clases de ballet, sin ninguna finalidad especial, (supongo que mi madre quería que fuera elegante en mis movimientos) pero ya sabéis que el Señor no me ha llamado por el camino de la agilidad física. Todo aquello de los plies y releves me parecía un coñazo, así que no duré demasiado y tampoco lo sentí. Volví a jugar con Nicolás el del sexto mi compañero de expediciones al centro de la tierra, actividad mucho menos grácil pero bastante más divertida.
En los treinta y tantos años que han transcurrido desde entonces, el mundo de las actividades extraescolares ha experimentado una progresión abrumadora. Algunos niños de hoy, los de economías más desahogadas especialmente, aprenden con total naturalidad chino mandarin, equitación, futbol, siatsu, yoga o hip hop, entre bocado y bocado del bocata de chorizo (gracias a Dios esta parte permanece inamovible). Tienen una agenda digna del director del FMI, al que por cierto le hubiera ido bastante mejor dedicando sus esfuerzos a las clases de chino, que a intentar trajinarse de mala manera a la camarera de turno.
En definitiva, a mucha gente le parece que si no apunta a sus hijos a un montón de esas actividades, les está condenando poco menos que al ostracismo social y a un futuro incierto de recolector de hortalizas en el este de Hungría.
Aplicando el sentido común, convendréis conmigo que lo mejor es, si se quiere, potenciar habilidades. Partiendo de esa base y dado que mi hijo en otra vida fue pez, me vi abocada a matricularle en una piscina para perfeccionar su manera de nadar. Cuando se mete en el agua alcanza un grado máximo de felicidad, eso unido a sus suplicas y al nivel de cansancio que le aporta, me ayudó a decidirme.
Así que allí me tenéis en la puerta del polideportivo, repasado mentalmente si la bolsa de deporte iba correspondientemente preparada. “Bañador, tapones, toalla, chanclas de goma, albornoz, secador de pelo, gel de ducha, champú, gorro de látex, gafas de buceo, peine, muda limpia, un euro para la taquilla, la tarjeta de acceso a la zona de vestuarios…” Joder, más que a nadar, parece que va a capitanear el desembarco de Normandía (Aunque os aseguro que todos y cada uno de esos objetos son absolutamente necesarios en el mundo de la natación infantil de nuestros días).
Pero siempre por calculadora que una quiera llegar a ser, hay algo que escapa al guión previsto. En mi primer día de piscina esa incógnita fue la temperatura. Un calor húmedo y espeso que había olvidado. Ese ambiente denso que te hace sudar a mares en cuestión de segundos. Toda yo estaba mojada, de los pies a la cabeza, me llevaba las manos una y otra vez al pelo empapado, mientras haciendo equilibrios conseguí introducir al niño en el bañador, atornillarle los tapones y depositarlo cual hormiga atómica en la puerta de acceso dentro del horario previsto.
Rendida, mientras escapaba, me choqué con mi imagen en el espejo, para descubrir aterrada que el esperma que Cameron Diaz llevaba en su cabeza, era de una discreción meridiana comparado con mi aspecto. Acabé tirada en las escaleras, harta de darme codazos con mamás y abuelitos babeantes, que luchaban por seguir la clase desde los ventanales de la cafetería.
Al final, después de volver a sudar, duchar al niño a empujones, recoger las prendas mojadas y huir despavorida con rumbo incierto, descubrí con horror que mi camisa había estado completamente desabrochada durante toda la tarde, con el despechugue correspondiente. Y entendí por fin las miradas atónitas de los socorristas, el camarero y todo aquel que se cruzó conmigo.
La próxima vez, definitivamente, lo apunto a chino o me tiro al agua.
jueves, 9 de junio de 2011
AGUA DE BORRAJAS
Hace un par de post os hablaba de un tapón de madera con forma de espiral. Un tapón que de vez en cuando me cierra la creatividad. Como un grifo que gotea, porque siempre, tarde o temprano, vuelvo a sentarme frente a la pantalla con alguna historia pendiente.
Los autores de verdad los llaman parones creativos y como tienen bolsillos menos paupérrimos que los míos, se dan un homenaje a modo de viaje o retiro espiritual, que les despeja de la vida cotidiana y como los yogures con bifidus, les renueva por dentro.
Rellenar la imaginación siendo presidenta de comunidad en un edificio con termitas o madre trabajadora in and out, es sensiblemente más complicado. Más todavía cuando hay resultados médicos de por medio, entonces inevitablemente termino convertida en un cruce entre la Jo de “Mujercitas” y el increíble “Hulk”.
Me ayudan las noches de insomnio o las caminatas de vuelta del despacho o incluso las clases de yoga donde como soy bastante patosa no consigo desconectar.
En ese ir y venir hay un montón de historias que quedan a medias como naufragas en una isla, porque no se terminan, pequeños esbozos en la carpeta de escritos que preside mi ordenador. Yo suelo escribir del tirón y esos bosquejos terminan aparcados porque difícilmente, como persona impulsiva, vuelvo a reparar en ellos.
Anoche decidí quitar las telarañas a algunas de esas historias y me encontré curiosidades como cuando Elena Bonham Carter descubrió que limpiar su casa, era mucho más tranquilizador para su espíritu, que años de terapia con un psicoanalista. Y a mí no se me ocurrió otra, que imaginar un cuento, sobre una reunión secreta entre su ama de llaves y su terapeuta, para convertirse en aliados y quitarle de la cabeza lo de sacar brillo a la plata.
Encontré también un titulo maravilloso “27 maneras diferentes de descubrir un geranio” donde la completa protagonista es Fabiana mi suegra, que lleva años perdida en los vericuetos del Alzheimer, pero aún de vez en cuando, consigue disipar la niebla de su cerebro y te pasma con una lucidez momentánea a prueba de bomba.
En otro hablaba de Doña Concha una vecina anciana del edificio donde trabajo, con la que compartí -por azares del destino- (nunca había utilizado está expresión por lo cursi, pero es que le viene al pelo) el hecho más traumático de su vida. Desde entonces somos medio amigas y me conquistan su elegancia aparente para encajar los grandes golpes y una cierta ilusión de quinceañera, algo completamente milagroso cuando se rebasan los ochenta.
Había también un recopilatorio de las excusas infantiles ante una tarde de deberes. Desde “mamá me ha picado un mosquito venenoso y no me encuentro nada bien” a “mamá me duele la barriga y estoy devolviendo sólidos” pasando por los más clásicos “tengo hambre, pis, caca, mocos, fiebre, no encuentro el lápiz…”
Incluso uno de anoche mismo, sobre el escaso estilo del príncipe Felipe al dialogar con una ciudadana, pese a esa esmerada educación de Georgetown que hemos tenido a bien pagarle entre todos. Hablando de la importancia de las formas y de esos resbalones que cometemos por exceso de seguridad, cuando menos te lo esperas.
Así que he decidido que seáis vosotros quienes elijáis que historieta queréis que termine. En plan “ninot indultat”, la recuperaré de la papelera de reciclaje y me servirá de terapia. Como si fuera un concurso.
Espero vuestras votaciones.
Con razón mi padre siempre me llamaba cabecita loca.
Los autores de verdad los llaman parones creativos y como tienen bolsillos menos paupérrimos que los míos, se dan un homenaje a modo de viaje o retiro espiritual, que les despeja de la vida cotidiana y como los yogures con bifidus, les renueva por dentro.
Rellenar la imaginación siendo presidenta de comunidad en un edificio con termitas o madre trabajadora in and out, es sensiblemente más complicado. Más todavía cuando hay resultados médicos de por medio, entonces inevitablemente termino convertida en un cruce entre la Jo de “Mujercitas” y el increíble “Hulk”.
Me ayudan las noches de insomnio o las caminatas de vuelta del despacho o incluso las clases de yoga donde como soy bastante patosa no consigo desconectar.
En ese ir y venir hay un montón de historias que quedan a medias como naufragas en una isla, porque no se terminan, pequeños esbozos en la carpeta de escritos que preside mi ordenador. Yo suelo escribir del tirón y esos bosquejos terminan aparcados porque difícilmente, como persona impulsiva, vuelvo a reparar en ellos.
Anoche decidí quitar las telarañas a algunas de esas historias y me encontré curiosidades como cuando Elena Bonham Carter descubrió que limpiar su casa, era mucho más tranquilizador para su espíritu, que años de terapia con un psicoanalista. Y a mí no se me ocurrió otra, que imaginar un cuento, sobre una reunión secreta entre su ama de llaves y su terapeuta, para convertirse en aliados y quitarle de la cabeza lo de sacar brillo a la plata.
Encontré también un titulo maravilloso “27 maneras diferentes de descubrir un geranio” donde la completa protagonista es Fabiana mi suegra, que lleva años perdida en los vericuetos del Alzheimer, pero aún de vez en cuando, consigue disipar la niebla de su cerebro y te pasma con una lucidez momentánea a prueba de bomba.
En otro hablaba de Doña Concha una vecina anciana del edificio donde trabajo, con la que compartí -por azares del destino- (nunca había utilizado está expresión por lo cursi, pero es que le viene al pelo) el hecho más traumático de su vida. Desde entonces somos medio amigas y me conquistan su elegancia aparente para encajar los grandes golpes y una cierta ilusión de quinceañera, algo completamente milagroso cuando se rebasan los ochenta.
Había también un recopilatorio de las excusas infantiles ante una tarde de deberes. Desde “mamá me ha picado un mosquito venenoso y no me encuentro nada bien” a “mamá me duele la barriga y estoy devolviendo sólidos” pasando por los más clásicos “tengo hambre, pis, caca, mocos, fiebre, no encuentro el lápiz…”
Incluso uno de anoche mismo, sobre el escaso estilo del príncipe Felipe al dialogar con una ciudadana, pese a esa esmerada educación de Georgetown que hemos tenido a bien pagarle entre todos. Hablando de la importancia de las formas y de esos resbalones que cometemos por exceso de seguridad, cuando menos te lo esperas.
Así que he decidido que seáis vosotros quienes elijáis que historieta queréis que termine. En plan “ninot indultat”, la recuperaré de la papelera de reciclaje y me servirá de terapia. Como si fuera un concurso.
Espero vuestras votaciones.
Con razón mi padre siempre me llamaba cabecita loca.
viernes, 21 de enero de 2011
PORTAZOS
Ligeramente agitada como el dry martini de James Bond, así me levanto de buena mañana, estado de ánimo que con el paso de las horas puede derivar hacia un atacamiento de nervios masivo. Por más que me recreo en libros y clases de meditación, control de la respiración, pensamiento positivo y otras lindezas, parece que estoy abocada a recoger zapatillas o juguetes de lego diseminados, que un día conseguirán llevarme a urgencias con alguna fractura de consideración.
Se me van dos horas en planchar uniformes, hacer zumos de naranja con tostadas, intentar despertar a mi hijo primero dulcemente en plan madre de anuncio de la tele y después de veinte minutos con un grito digno de Tarzán, recoger un poco la casa, ducharme, intentar disimular la raya del tinte y las ojeras con escaso éxito, repasar mentalmente si los deberes están en su sitio, el bocadillo en el suyo, la pastilla del estomago en su estomago, hacerme un café, echar un vistazo angustiado tras otro al reloj de cocina, quitarme un pelo de bruja piñones que siempre tiene a bien aparecer en mi barbilla los días de reunión importante en el trabajo, pesarme y constatar horrorizada a donde han ido a parar los polvorones que me zampé alegremente en navidad, vestirme con algo que disimule aunque sea mínimamente también, los estragos del turrón de chocolate Suchard (bendito sea, por cierto), para concluir, tras el portazo correspondiente, corriendo -galopar sería más adecuado- hasta la puerta del colegio dentro del horario previsto. Toda esta gimkana digna de una olimpiada, se repite a diario en mi vida, como en una especie de deyaveu perpetuo y esa repetición casi idéntica me tiene extenuada, la verdad.
Pero como dice Sakira en una de las pocas canciones que consigo entenderle, “cuando menos te lo pienses sale el sol” y un buen día tu hijo se levanta sin que suene el despertador, así que no necesitas dejarte las cuerdas vocales en el intento y se lava la cara, se peina, se sienta a desayunar y se come TODO lo que hay en la mesa y lo descubres revisando su mochila para ver si no le falta nada, vistiéndose solo sin protestas y sin ponerse la camiseta interior encima del suéter y le cambia el agua a la tortuga y le da de comer. Y sobra tiempo y no tienes el acechante pelo de la barbilla aguardando y de pronto respiras hondo y casi de golpe recuperas la esperanza y la fé y crees en dios y en alá y en el dalai lama si hace falta.
Además al salir, la puerta como por arte de magia, se cierra casi dulcemente.
Para Pepa, una autentica lectora bombón, que además me da ideas.
Pd. Prometo renovar la obsoleta decoración navideña en un par de días. Vuelvo pronto
Se me van dos horas en planchar uniformes, hacer zumos de naranja con tostadas, intentar despertar a mi hijo primero dulcemente en plan madre de anuncio de la tele y después de veinte minutos con un grito digno de Tarzán, recoger un poco la casa, ducharme, intentar disimular la raya del tinte y las ojeras con escaso éxito, repasar mentalmente si los deberes están en su sitio, el bocadillo en el suyo, la pastilla del estomago en su estomago, hacerme un café, echar un vistazo angustiado tras otro al reloj de cocina, quitarme un pelo de bruja piñones que siempre tiene a bien aparecer en mi barbilla los días de reunión importante en el trabajo, pesarme y constatar horrorizada a donde han ido a parar los polvorones que me zampé alegremente en navidad, vestirme con algo que disimule aunque sea mínimamente también, los estragos del turrón de chocolate Suchard (bendito sea, por cierto), para concluir, tras el portazo correspondiente, corriendo -galopar sería más adecuado- hasta la puerta del colegio dentro del horario previsto. Toda esta gimkana digna de una olimpiada, se repite a diario en mi vida, como en una especie de deyaveu perpetuo y esa repetición casi idéntica me tiene extenuada, la verdad.
Pero como dice Sakira en una de las pocas canciones que consigo entenderle, “cuando menos te lo pienses sale el sol” y un buen día tu hijo se levanta sin que suene el despertador, así que no necesitas dejarte las cuerdas vocales en el intento y se lava la cara, se peina, se sienta a desayunar y se come TODO lo que hay en la mesa y lo descubres revisando su mochila para ver si no le falta nada, vistiéndose solo sin protestas y sin ponerse la camiseta interior encima del suéter y le cambia el agua a la tortuga y le da de comer. Y sobra tiempo y no tienes el acechante pelo de la barbilla aguardando y de pronto respiras hondo y casi de golpe recuperas la esperanza y la fé y crees en dios y en alá y en el dalai lama si hace falta.
Además al salir, la puerta como por arte de magia, se cierra casi dulcemente.
Para Pepa, una autentica lectora bombón, que además me da ideas.
Pd. Prometo renovar la obsoleta decoración navideña en un par de días. Vuelvo pronto
martes, 20 de abril de 2010
EL COLLAR DE AUDREY HEPBURN
Hace un par de años Pilar y yo acuñamos un termino para definir a la mujer perfecta. Son tías que “huelen bien” no es que las demás tengamos un momento guarro y no nos duchemos cada mañana como Dios manda, se trata de algo diferente, ese olor que queda como una estela después de cruzarte con una de ellas en un semáforo, o de contemplar por un instante el mismo escaparate. La mujer perfecta puede tener cualquier edad pongamos desde los 30 a los 80, no hay obstáculos. Nunca antes de la treintena porque entonces la belleza insultante de la juventud puede confundirnos y la individua en cuestión puede no ser una autentica bienoliente.
Generalmente son esbeltas, tienen rasgos armoniosos y transmiten una importante dosis de serenidad, su vestuario es sobrio, nada de grandes alharacas, un traje de chaqueta, un bonito abrigo. No siempre son clásicas, pueden ser también modernas, pero lo de la sobriedad las iguala. Exhalan seguridad, estabilidad, buenos genes, difícilmente han sentido la celulitis corroer sus músculos, vestidores bien surtidos, masajistas vespertinos, casas en el campo...
Pisan la peluquería un par de veces por semana, hablan de vd. al servicio y en las tiendas que frecuentan se saben de memoria su nombre y apellidos. Pueden o no trabajar, tener o no hijos pero la apariencia de perfección las acompaña en todo momento, da igual que acudan a un concierto como que troceen una lechuga.
El día que te tropiezas con una bienoliente comprendes que ni con todo el oro del mundo alcanzarías ese punto místico. No es una mega pija, es algo más, tal vez generaciones y generaciones de cultura y equilibrio. Parecen incapaces de levantar la voz, de discutir acaloradamente o de ser infieles a ese marido amantísimo que ha convertido su vida en un verdadero pastel nupcial. Me recuerdan a esos gatos de raza, que conscientes de su belleza, se tumban ante ti dejándose admirar.
Pensareis que tengo el día un poco frívolo, pero no puedo ahondar más en sus actitudes, desgraciadamente no conozco a ninguna, aunque me gustaría, tiene un cierto morbo sociológico, la verdad.
El otro día una bienoliente se cruzó en mi camino, mediana edad, niña de tres o cuatro años completamente vestida de celeste a su lado, bolso de L. Vitton y ese perfume intangible que las diferencia.
Os diré que llevo una temporada “mu malita” la premisa Salud-Dinero-Amor parece no acordarse de mi dirección muy a menudo, así que me voy de rebajas y acabo comprándome un vestido de fiesta medio porno (sin boda, bautizo o comunión a la vista que justifiquen el dispendio) o un suéter increíblemente ceñido que dormirá en mi armario el sueño de los justos. Me hago la permanente en las pestañas, me corto el pelo o decido de buenas a primeras comenzar sin demora la dieta de la alcachofa convencida de que inmediatamente voy a alcanzar la talla 38, ¡todo un prodigio de equilibrio, ciertamente!
Pero volvamos al tropiezo del otro día. Bañón ultimo día de rebajas yo rebusco frenéticamente en una de esas cajas con collares de oferta, y de pronto uno rojo me llama la atención, lo saco y lo coloco en mi cuello, me recuerda a esas argollas que llevan las mujeres jirafa de Tailandia (vale 20 euros, no es mucho desde luego, pero ni de coña lo necesito), sin embargo es el único que queda, y el rojo se va a llevar un montón esta primavera. Y ahí me teneis frente al espejo poniéndome y quitándome el collar, cuando de pronto percibo el aroma de una bienoliente y su retoño que parecen mirar mi espalda con una mezcla de paciencia y desprecio. Al principio pienso que les estoy impidiendo el paso, pero al apartarme percibo que están esperando simplemente a que yo hormiga sin estilo renuncie a la presa. En ese instante me invade una fuerza arrolladora y me creo una especie de Agustina de Aragón que va a vengar a todas las mujeres corrientes del mundo mundial que madrugan a diario y compran en Zara. Cojo el collar con todas mis fuerzas y en mi frente se dibuja un enorme “Te jodes pedazo de bruja” Me acerco a la cajera arropada por la música de los reportajes de Félix Rodríguez De la Fuente, agarrando la presa como un ave rapaz en peligro de extinción. Llevo los 20 euros preparados, me queman en las manos, me sé vencedora, cada vez que mi cuello sea rodeado por la pieza, saborearé la sensación del triunfo. Pongo el collar sobre el mostrador y entrego el dinero, pero justo en ese momento todo se viene abajo. Como lo oís, la gentil dependienta abre un cajón y saca un collar idéntico el primero de muchos otros, devuelve el que yo he elegido al cajón de las ofertas y envuelve para regalo al recién llegado.
La bienoliente lo mira de reojo, pero lo desecha, coge de la mano a su hija azul y abandona la tienda.
Vuelvo a casa con un collar imposible y la moral por los suelos, no he conseguido reivindicar nada, vaya mierda.
Pero después de un café me siento frente al ordenador y descubro en internet la foto de Audrey Hepburn con otro collar imposible, sonriéndome cómplice desde su glamour sin fin. Quizá no somos tan distintas... y recuerdo a mi padre cuando decía “No eres demasiado guapa, pero seguro que acabarás convirtiéndote en una mujer ingeniosa y divertida”
Creo que Audrey y mi padre tienen mucho en común.
Generalmente son esbeltas, tienen rasgos armoniosos y transmiten una importante dosis de serenidad, su vestuario es sobrio, nada de grandes alharacas, un traje de chaqueta, un bonito abrigo. No siempre son clásicas, pueden ser también modernas, pero lo de la sobriedad las iguala. Exhalan seguridad, estabilidad, buenos genes, difícilmente han sentido la celulitis corroer sus músculos, vestidores bien surtidos, masajistas vespertinos, casas en el campo...
Pisan la peluquería un par de veces por semana, hablan de vd. al servicio y en las tiendas que frecuentan se saben de memoria su nombre y apellidos. Pueden o no trabajar, tener o no hijos pero la apariencia de perfección las acompaña en todo momento, da igual que acudan a un concierto como que troceen una lechuga.
El día que te tropiezas con una bienoliente comprendes que ni con todo el oro del mundo alcanzarías ese punto místico. No es una mega pija, es algo más, tal vez generaciones y generaciones de cultura y equilibrio. Parecen incapaces de levantar la voz, de discutir acaloradamente o de ser infieles a ese marido amantísimo que ha convertido su vida en un verdadero pastel nupcial. Me recuerdan a esos gatos de raza, que conscientes de su belleza, se tumban ante ti dejándose admirar.
Pensareis que tengo el día un poco frívolo, pero no puedo ahondar más en sus actitudes, desgraciadamente no conozco a ninguna, aunque me gustaría, tiene un cierto morbo sociológico, la verdad.
El otro día una bienoliente se cruzó en mi camino, mediana edad, niña de tres o cuatro años completamente vestida de celeste a su lado, bolso de L. Vitton y ese perfume intangible que las diferencia.
Os diré que llevo una temporada “mu malita” la premisa Salud-Dinero-Amor parece no acordarse de mi dirección muy a menudo, así que me voy de rebajas y acabo comprándome un vestido de fiesta medio porno (sin boda, bautizo o comunión a la vista que justifiquen el dispendio) o un suéter increíblemente ceñido que dormirá en mi armario el sueño de los justos. Me hago la permanente en las pestañas, me corto el pelo o decido de buenas a primeras comenzar sin demora la dieta de la alcachofa convencida de que inmediatamente voy a alcanzar la talla 38, ¡todo un prodigio de equilibrio, ciertamente!
Pero volvamos al tropiezo del otro día. Bañón ultimo día de rebajas yo rebusco frenéticamente en una de esas cajas con collares de oferta, y de pronto uno rojo me llama la atención, lo saco y lo coloco en mi cuello, me recuerda a esas argollas que llevan las mujeres jirafa de Tailandia (vale 20 euros, no es mucho desde luego, pero ni de coña lo necesito), sin embargo es el único que queda, y el rojo se va a llevar un montón esta primavera. Y ahí me teneis frente al espejo poniéndome y quitándome el collar, cuando de pronto percibo el aroma de una bienoliente y su retoño que parecen mirar mi espalda con una mezcla de paciencia y desprecio. Al principio pienso que les estoy impidiendo el paso, pero al apartarme percibo que están esperando simplemente a que yo hormiga sin estilo renuncie a la presa. En ese instante me invade una fuerza arrolladora y me creo una especie de Agustina de Aragón que va a vengar a todas las mujeres corrientes del mundo mundial que madrugan a diario y compran en Zara. Cojo el collar con todas mis fuerzas y en mi frente se dibuja un enorme “Te jodes pedazo de bruja” Me acerco a la cajera arropada por la música de los reportajes de Félix Rodríguez De la Fuente, agarrando la presa como un ave rapaz en peligro de extinción. Llevo los 20 euros preparados, me queman en las manos, me sé vencedora, cada vez que mi cuello sea rodeado por la pieza, saborearé la sensación del triunfo. Pongo el collar sobre el mostrador y entrego el dinero, pero justo en ese momento todo se viene abajo. Como lo oís, la gentil dependienta abre un cajón y saca un collar idéntico el primero de muchos otros, devuelve el que yo he elegido al cajón de las ofertas y envuelve para regalo al recién llegado.
La bienoliente lo mira de reojo, pero lo desecha, coge de la mano a su hija azul y abandona la tienda.
Vuelvo a casa con un collar imposible y la moral por los suelos, no he conseguido reivindicar nada, vaya mierda.
Pero después de un café me siento frente al ordenador y descubro en internet la foto de Audrey Hepburn con otro collar imposible, sonriéndome cómplice desde su glamour sin fin. Quizá no somos tan distintas... y recuerdo a mi padre cuando decía “No eres demasiado guapa, pero seguro que acabarás convirtiéndote en una mujer ingeniosa y divertida”
Creo que Audrey y mi padre tienen mucho en común.
miércoles, 31 de marzo de 2010
ATRACO A LAS SEIS
El cuentecito que sigue ya tiene algunos años, pero esta noche necesito una pequeña sonrisa y os lo presento, a mí me ha servido.
Atacada, de los nervios naturalmente, las mujeres de Almodóvar a mi lado eran profesoras tituladas de yoga y tai chi. Y aunque Román se empeña en llevarme a balnearios y masajistas reconfortantes pues como que no me relajo. Empecé a cagarme hace unas tres semanas y desde entonces vivo unida a una jarra de tila y valerianas sin fin. Son guays para el relax pero me paso el día meando y la verdad resulta un poco incomodo. ¿Qué porque estoy atacada? Porque el jueves me quitan los malditos quistes y me sientan tan mal los quirófanos... pero bueno en medio de todo este desbarajuste, a menudo ya sabéis, me suceden incidentes que os relato sin pudor. A lo que iba que me disperso:
Cajero automático, la otra tarde yo con el mono (de tila, no penseis mal) objetivo sacar 250 euros, tecleo la cantidad, la maquina escupe el papelito y la pasta. Y yo pillo ambas cosas y a cotejar, papelito bien, pasta ¡¡¡¡¡¡¡¡¡mal!!!!!!!! Mal no fatal, me han soplado 50 euros!!!!!!!!, ese chisme asqueroso se ha zampado parte de mi dinero. Primera sensación: Impotencia ¿qué coño hago?. Llamar al tío de seguridad no parece lo más adecuado y empezar a cagarme en el sistema capitalista mirando a la cámara no va a solucionar el problema aunque pueda rebajar notablemente mi presión arterial.
¿Qué hacer? Cabreada es poco estoy tan enfadada que si me ponen a tiro a Bush o Aznar les meto las míticas armas de destrucción masiva por el ojete. Me acerco a la puerta de seguridad del banco y descubro una luz encendida. Estoy salvada hay un ser humano que tiene la desdicha de trabajar allí. Podía haber sido discreta y tocar ligeramente la puerta hasta llamar su atención, eso lo hubiera hecho en otra época pero ahora soy un cruce entre la niña del exorcista y Hugo Chavez así que no estoy para finezas. ¡ Pon pon pon! golpeo toda la fuerza de mis puños sobre el cristal antibalas. La pobre señorita levanta la cabeza con espanto pensando que se trata de un atraco vespertino y se encuentra conmigo que parezco muy fina pero soy un terminator en potencia. Se levanta y se dirige hacia mí.
Yo.- Oiga el cajero me ha dado mal el dinero!
Ella.- Yo no puedo hacer nada señora (encima recochineo)
Yo.- Como que no puede hacer nada!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Ella.- El cajero tiene un efecto retardado y no se puede tocar hasta mañana, venga Vd. a primera hora y veremos si hay un excedente de efectivo.
Yo.- (Poseída completamente) ¿¿¿QUÉ??? Que venga mañana, no señorita no, esto hay que solucionarlo ahora mismo o se cree que yo tengo todo el tiempo del mundo, si su cajero tiene un excedente de efectivo a mi plin la que tiene un déficit de efectivo soy yo y no me muevo de aquí hasta que se solucione.
En ese momento un pobre hombre tiene a bien querer sacar dinero del cajero y golpea la puerta para entrar, entonces inundada de furia me vuelvo hacia la puerta y con un movimiento digno de Matrix corro el cerrojo del cajero y le doy con la puerta en las narices. ¡¡¡¡ Espérese no ve que está ocupado!!!
La empleada del banco a estas alturas está verde y ladea la mano ligeramente (yo creo que buscando ansiosa el botón de auxilio). Pero el diálogo continua:
Yo.- Enseñando con chulería el papelito y el dinero ¡¡Ve 250 euros y solo me ha dado 200!! Abrí el dinero ante sus narices como si fuera una baraja de cartas, ME FALTAN 50 EUROS.
Ella.- No, el dinero está correcto cuéntelo de nuevo.
Yo.- ¿¿¿QUÉ??? No puede ser. Y bajé a cabeza, vuelvo a contar el dinero y Oh! Dios mío, es verdad hay 250 euros. ¡¡Que he hecho!! Tierra trágame, pobre señorita menudo pollo he montado. No se como disculparme, así que después de un triste lo siento mucho pongo pies en polvorosa. No sin antes decirle al tipo de la puerta:
- Tenga cuidado con el cambio que no está dando el importe correcto.
Eché a correr y no paré hasta el sofá de casa, dos vasos de tila y a otra cosa mariposa.
Gajes prequirurgicos, espero recuperar mi estado normal dentro de unos días o hacerme un hueco en DEC.
Atacada, de los nervios naturalmente, las mujeres de Almodóvar a mi lado eran profesoras tituladas de yoga y tai chi. Y aunque Román se empeña en llevarme a balnearios y masajistas reconfortantes pues como que no me relajo. Empecé a cagarme hace unas tres semanas y desde entonces vivo unida a una jarra de tila y valerianas sin fin. Son guays para el relax pero me paso el día meando y la verdad resulta un poco incomodo. ¿Qué porque estoy atacada? Porque el jueves me quitan los malditos quistes y me sientan tan mal los quirófanos... pero bueno en medio de todo este desbarajuste, a menudo ya sabéis, me suceden incidentes que os relato sin pudor. A lo que iba que me disperso:
Cajero automático, la otra tarde yo con el mono (de tila, no penseis mal) objetivo sacar 250 euros, tecleo la cantidad, la maquina escupe el papelito y la pasta. Y yo pillo ambas cosas y a cotejar, papelito bien, pasta ¡¡¡¡¡¡¡¡¡mal!!!!!!!! Mal no fatal, me han soplado 50 euros!!!!!!!!, ese chisme asqueroso se ha zampado parte de mi dinero. Primera sensación: Impotencia ¿qué coño hago?. Llamar al tío de seguridad no parece lo más adecuado y empezar a cagarme en el sistema capitalista mirando a la cámara no va a solucionar el problema aunque pueda rebajar notablemente mi presión arterial.
¿Qué hacer? Cabreada es poco estoy tan enfadada que si me ponen a tiro a Bush o Aznar les meto las míticas armas de destrucción masiva por el ojete. Me acerco a la puerta de seguridad del banco y descubro una luz encendida. Estoy salvada hay un ser humano que tiene la desdicha de trabajar allí. Podía haber sido discreta y tocar ligeramente la puerta hasta llamar su atención, eso lo hubiera hecho en otra época pero ahora soy un cruce entre la niña del exorcista y Hugo Chavez así que no estoy para finezas. ¡ Pon pon pon! golpeo toda la fuerza de mis puños sobre el cristal antibalas. La pobre señorita levanta la cabeza con espanto pensando que se trata de un atraco vespertino y se encuentra conmigo que parezco muy fina pero soy un terminator en potencia. Se levanta y se dirige hacia mí.
Yo.- Oiga el cajero me ha dado mal el dinero!
Ella.- Yo no puedo hacer nada señora (encima recochineo)
Yo.- Como que no puede hacer nada!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Ella.- El cajero tiene un efecto retardado y no se puede tocar hasta mañana, venga Vd. a primera hora y veremos si hay un excedente de efectivo.
Yo.- (Poseída completamente) ¿¿¿QUÉ??? Que venga mañana, no señorita no, esto hay que solucionarlo ahora mismo o se cree que yo tengo todo el tiempo del mundo, si su cajero tiene un excedente de efectivo a mi plin la que tiene un déficit de efectivo soy yo y no me muevo de aquí hasta que se solucione.
En ese momento un pobre hombre tiene a bien querer sacar dinero del cajero y golpea la puerta para entrar, entonces inundada de furia me vuelvo hacia la puerta y con un movimiento digno de Matrix corro el cerrojo del cajero y le doy con la puerta en las narices. ¡¡¡¡ Espérese no ve que está ocupado!!!
La empleada del banco a estas alturas está verde y ladea la mano ligeramente (yo creo que buscando ansiosa el botón de auxilio). Pero el diálogo continua:
Yo.- Enseñando con chulería el papelito y el dinero ¡¡Ve 250 euros y solo me ha dado 200!! Abrí el dinero ante sus narices como si fuera una baraja de cartas, ME FALTAN 50 EUROS.
Ella.- No, el dinero está correcto cuéntelo de nuevo.
Yo.- ¿¿¿QUÉ??? No puede ser. Y bajé a cabeza, vuelvo a contar el dinero y Oh! Dios mío, es verdad hay 250 euros. ¡¡Que he hecho!! Tierra trágame, pobre señorita menudo pollo he montado. No se como disculparme, así que después de un triste lo siento mucho pongo pies en polvorosa. No sin antes decirle al tipo de la puerta:
- Tenga cuidado con el cambio que no está dando el importe correcto.
Eché a correr y no paré hasta el sofá de casa, dos vasos de tila y a otra cosa mariposa.
Gajes prequirurgicos, espero recuperar mi estado normal dentro de unos días o hacerme un hueco en DEC.
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