martes, 14 de junio de 2016

TRECE


Flaco y largo ya me saca cuatro dedos. Sigue hermoso como el primer día aunque su piel se siembre de espinillas y los pelos comiencen a surgir por todas partes. Ahora su mundo es la play, el móvil y quedar con amigos. A días es huraño a días duerme conmigo viendo Castle, la adolescencia tiene mucho de eso me temo, silencios hoscos y sonrisas esquivas.

Lo quiero cuando duerme, cuando escucho su voz atronadora, cuando contesta medio rebelde, al no quitar la mesa, al escuchar su llave en la cerradura o si consigo besarle a escondidas en el reino perdido de su nuca, cuando trae los sobresalientes del colegio como quitándoles importancia y yo me arrodillo a sus pies y le hago la ola. Le quiero cuando encuentro calcetines petrificados en sitios recónditos con un amor medio felino siempre alerta porque pisamos tierras desconocidas y quiero como cualquiera que todito todo salga bien. Que le lluevan los amigos, la salud, que triunfe en aquello que emprenda, que encuentre su camino, un buen camino y que no le duela demasiado esa herida primitiva que no puedo evitar.

Con el tiempo cogerá el compás, aprenderá a bailar la vida con buen paso, ritmo no le falta.

Le quiero en cada uno de los instantes de mi vida porque en definitiva, es mi única certeza.

lunes, 9 de mayo de 2016

LLAMEMOSLE X

Hay momentos que cuando los estás viviendo en pleno gerundio ya sabes que acabarán convertidos en recuerdos. El viernes me enfrenté a uno de esos instantes y no fue de improviso. Visitar una UCI pediátrica merece una puesta a punto, debes ir serena, debidamente llorada de casa, convertirte en todo lo trasparente que puedas y no andar por el medio ni hacer preguntas que no sean fundamentales, ahora eso si como el alma de escritora no suele abandonarme iba dispuesta a atesorar sensaciones y cuantas más mejor.

Me sorprendió la serenidad de nuestra guía y la seguridad con la que nos conducía de menor a mayor dentro del rango del dolor, dándonos cancha para respirar y esconder nuestros ojos vidriosos sin venirnos abajo ni pasar vergüenza.

Podría hablar de cada uno de los casos a los que me enfrenté, describiros al bebé de tres meses que quizá mañana por fin consiga el alta ansiada, a la pequeña fan de Pepa Pig sentada en un sillón sonriendo a una vida que ya la abierto en canal, al chaval con un pulmón perforado del que me aparté asustada en cuanto intuí su parecido con mi hijo, o el crio aterrorizado al que su padre mintió justo antes de entrar en el quirófano y al que han vaciado de certezas. Cualquiera de ellos o de la gente que les cuida tendría derecho a una novela de 500 páginas, por su dolor, su coraje y su esperanza. Pero hubo alguien que me robó la atención, alguien que ocupaba el rincón más alejado de toda la UCI.

Observé una incubadora rodeada de un pequeño parque, no sé qué fue quizá el parque, algo me chocó y pregunté. M. nuestra amable cicerone comentó que era un bebé de un año al que sus padres habían abandonado cuando supieron lo grave de su enfermedad pulmonar.

X ha pasado 365 días en ese rincón porque necesitaba una atención permanente que solo allí podían darle. Pero no porque precise los cuidados exhaustivos de una UCI sino porque no tiene a nadie más en el mundo.

No sé si ha visto la luz del sol, lo que es seguro es que no ha visto un parque, ni la playa, ni ha dormido en una dulce habitación imaginada para él.

Pedí acercarme para tocar el cristal que me separaba de poder acariciarlo. Sé que lo van a llevar a las monjitas de Santa Ana, allí su vida será mejor, además había gente de otra asociación que iba a hacer turnos para atenderle. El mundo está lleno de gente maravillosa capaz de obrar milagros, gracias a cada uno de los que durante estos meses han hecho la vida de X más llevadera. Gracias a los enfermeros que lo suben en el carro de las comidas y lo pasean UCI arriba UCI abajo en plan parque temático arrancándole la risa, a los que lo cogen en brazos a cada rato, al fisio que intenta estimular sus piernas sin vida, a los médicos que firman la tarjeta que le felicita por su primer cumple.

Gracias.

Nunca olvidare los ojos de X, luminosos como los de un animalito confiado que reclama cansado un buen hogar. Como decían las taurinas monjas de mi colegio cuando empezábamos los partidos de baloncesto que Dios reparta suerte.



Gracias a M. y a A., por su labor y su cercanía.



Pd Perdón por el estilo de este post, o por su ortografía, a veces escribir sale de las tripas.

miércoles, 9 de marzo de 2016

TELMO EL DELICIOSO


Telmo es juguetón, dicharachero, inasequible al desaliento y muy charlatán. Si en casa se clava un clavo él debe capitanear la operación desde el centro mismo de la caja de herramientas. Qué decir de esas siestas al sol en su mullida camita. O de sus paseos sentado en nuestros hombros por toda la casa. Es capaz de jugar con su propia cola y si encuentra una pequeña pelota no tarda en lanzarla al aire con una habilidad aplastante para luego capturarla al vuelo. Come como una lima pero se ha quedado menudo y delgado, así que suelo malcriarlo con esas latitas misteriosas que son su perdición. Sabe diferenciarlas por marcas y sus maullidos de éxtasis ante las “delicias del océano” son dignos de reventar youtube.

Cuando llegó a casa era un bebé sin rumbo, durante más de un mes tuve que atender sus cólicos sin fin, su desparasitación, sus vacunas… estuve en un tris de largarme y dejar a mi marido y a mi hijo con toda la flora y fauna que nos rodea. Empecé a quererle a regañadientes, resistiéndome a entregarle el corazón, pero él listo como pocos se propuso conquistarme. Mi vida está llena de ronroneos, besos en el cuello y lametones en la punta de la nariz. Adoro especialmente cómo se arremolina entre mis piernas dispuesto a ver la televisión.

Su presencia es siempre risueña, campechana, lejos de mi añorada Muriel que no podía negar su origen aristocrático. Telmo es llano y vive en un descubrimiento perpetuo. El carro de la compra, la vecina, las camas por hacer, la aspiradora giratoria…
Su salud no ha resultado demasiado buena, es asmático y a veces se nos ahoga, por eso toda la familia debemos aprender a pincharle para abrir sus pequeños pulmones.

Telmito recibe de media unos cincuenta besos diarios y mordisquea desenfadado con la certeza de que le esperan el pienso compuesto y la latita de premio.

Su pasado de abandono en una caja de cartón queda ya muy atrás.


¿En qué demonios nos estamos convirtiendo?

jueves, 21 de enero de 2016

DRAGONES


Hoy podría contar que me siento vieja, que sigo observando atónita el pozo sin fondo de porquería donde andamos metidos, que no me gustan los políticos ni su lenguaje sectario. Que no soporto a Celia Villalobos que tiene el cuajo de criticar a un compañero, cuando toda España la vio jugando con esa tablet pagada por los benditos contribuyentes. Bueno por todos menos por la infanta, que para ella bien valen unas cuantas facturas falsas. Yo necesito un fiscal como el suyo para que me diga lo estupenda que estoy al despertar antes de pintarme como una puerta, eso es un coach carismático y lo demás son pamplinas.

Podría daros la lata contándoos como me chirrían los gestos grandilocuentes y las amistades peligrosas, debe ser porque estoy mayor… quien sabe si demasiado y no me va lo de jugar a arreglar el mundo pensando en el trending topic. Pero soy curiosa y no renuncio a ver dónde concluye esta subasta de patio de colegio, quizá entre todos consigamos edificar algo sólido sobre este incierto castillo de naipes, pero desconfío, disculpadme los viejos somos así.

Podría hablaros de Consuelo Ciscar la ínclita esposa de Rafael Blasco, un auténtico depredador político capaz de embolsarse millones en ayudas a la cooperación, creía que nadie podría superar su grado de ignominia, pero todo queda en casa porque su señora ha tenido a bien comprar esculturas sin realizar por valor de 2 millones de euros a un escultor que lleva muerto la friolera de 10 años, así con dos cojones, los Soprano a su lado unos aprendices de cuarta regional.

Pero no, no voy a hablar de nada de eso, todos llevamos a cuestas nuestra ración de mierda y no quiero ser yo quien haga rebasar vuestro límite diario recomendado que luego caéis malos y todo son reclamaciones.

Lo que verdaderamente necesito sacar fuera son solo dos palabras, unas pocas letras, en realidad una firma. Una firma de esas que hacíamos en nuestros últimos años de primaria, una firma rotunda como de notario diminuto con una rúbrica contundente y un nombre:

Diego González.

Ahora que estoy desmontando la casa de mi madre he encontrado algunos deberes de cuando era pequeña, mi firma con letra redonda de colegio de monjas era parecida, aunque yo la cruzaba con dos rayitas, porque ya sabéis que a los doce años se suele alcanzar el sumun de la cursilería.

La firma de Diego sería estupenda para coronar cualquier trabajo de ciencias, se le ve cuidadoso y aseado, con una caligrafía bastante bonita y pocas faltas para esos escasos 11 años. Debía ser buen lector, lamentablemente no soy Sherlock Holmes no se rastrear más allá, y tampoco quisiera, me perturba solo intuir su desesperación, su impotencia y ese terror final.

La única certeza es que Diego está muerto, que se tiró por el balcón hace 3 meses y que ya no volverá a ejecutar esa rubrica envolvente para coronar su nombre. En el colegio se cruzó con un monstruo detestable que lo derrotó en singular combate.

Llevo dos días sin arrancármela de la cabeza.

Porca miseria.



martes, 29 de diciembre de 2015

LA BONDAD DE LOS DESCONOCIDOS

Van a cumplirse dos meses de la muerte de mi madre. En este tiempo he pasado de ponerme a llorar frente a la estantería de Mercadona donde compraba sus pañales a comenzar lentamente a desmontar su casa. No ha sido por voluntad propia, el médico me ha animado a empezar con la cicatrización al verme bastante desfondada. Ha optado por la opción radical, echarme a la arena sin anestesia. Y yo como siempre he sido muy obediente pues me he aplicado a la labor pero desmontar una casa es de las cosas más dolorosas que he hecho en mi vida. Remueve por dentro. En cada cajón hay un desafío. Te bates el cobre con recuerdos de todo tipo. Dibujos maravillosos de mi padre, fotografías de mi abuelo asesinado en los primeros días de la guerra, cartas de amor…

Sobre todo te sientes un poco como vulnerando la intimidad de quien ya no está. Doblando su ropa, quien sabe si descubriendo algún secreto, un torbellino emocional no siempre compatible con el run run de la vida diaria. Vamos, que es un trago amargo, un recordatorio constante de que mi madre y su figura monolítica, se han convertido en pasado.

En medio de esta montaña rusa de emociones, cuentas con familia y amigos que atenúan el golpe, pero la sensación de que te faltan piezas en el puzzle es a veces agobiante.

En esta época de regalos a menudo híper dimensionados yo he tenido la suerte de recibir uno especial que me ha servido de alivio y me ha hecho mucha ilusión. Estoy acostumbrada a escribir sobre conocidos y desconocidos pero hasta ahora nadie había escrito sobre mí. Y encima con papel protagonista!! Y no solo yo, en esta historia también sale Max y heredo una librería donde no todo es lo que parece.

JAP Vidal el autor, es lector y amigo virtual. Me gusta su lucidez, la claridad y contundencia de algunos de sus textos y sobre todo la variedad de registro. José ha tenido la gentileza de hacernos vivir una gran aventura en un libro estupendo que recopila diversas historias que tienen las librerías como nexo común. Una de mis profesiones míticas junto a la de ayudante de mago hubiera sido la de librera.

Realmente no se puede pedir más.

Mi abuela, la mujer de ese hombre al que nunca conocí y cuyo cadáver he descubierto al redistribuir los restos del naufragio, siempre confió en la bondad de los desconocidos.

Mil gracias José.

Recordad, está disponible en Amazon.

jueves, 3 de diciembre de 2015

ROMPECABEZAS

Hace unos trece años cuando mi marido y yo nos batíamos el cobre para conseguir el certificado de idoneidad que nos permitiera adoptar, atravesamos innumerables entrevistas que evaluaran nuestro estado de cordura y compromiso. Como si fuera hoy recuerdo a dos psicólogas en plan poli bueno y poli malo, una cercana y afable y otra más incisiva. Esta última tenía como misión hacernos caer del guindo y prepararnos para aceptar que nuestro hijo no iba a ser el niño ideal que muchas parejas esperan. Iba a traer aparejados desafíos, retrasos físicos o mentales, recuerdos, carencias, en fin una lista de factores que debíamos conocer, aceptar y prepararnos para combatir.

Solo puedo decir que hizo bien su trabajo. Nosotros ya conocíamos muchos de esos hándicaps, pero había parejas que enfocaban la adopción desde una perspectiva Disney que clamaba al cielo. Ese jarro de agua fría es fundamental en la criba que significa el arduo camino hacia el puzzle de familia que conformamos los adoptados. Hacer que piezas distintas encajen no es fácil es un proceso complejo de diferentes fases, una carrera de fondo donde la poli mala ejerce el escasamente agradecido papel de ponerse en lo peor.
Aquella señora me lanzó dos preguntas que se me quedaron grabadas:

“¿Que hará Vd. el día que su hijo le diga que no es su madre?” y una segunda aún más dura “¿Cómo reaccionará Vd. cuando su hijo sufra al ser consciente del abandono de sus padres biológicos?”

A la primera contesté instintivamente diciendo que soy madre porque doy jarabe para mocos, hago tortilla de patatas, preparo su ropa, le llevo al cine o le repaso la lección. Es decir le ayudo a construir la vida cada día y la que acompaña es madre si o si. A la segunda pregunta ya no contesté con tanto ímpetu, ya no había certezas, era una pregunta de nota. Mi marido siempre certero exclamó: “Habrá que ayudarle a lamerse las heridas”. Las dos psicólogas se miraron, nos sonrieron y dieron por terminada la entrevista.

Ayer descubrimos que ya lleva tiempo sufriendo ese dolor. Los patios de colegio son lo más de lo más para dejar claro quién es el gordo, la burra, la gilipollas o el adoptado. Ahora toca sacar el betadine y las tiritas.

Estoy jodida, duele.


jueves, 15 de octubre de 2015

ORTOGRAFIA TRANQUILIZADORA


Recuerdo vagamente como hace unos veinte años Gabriel García Márquez confesó en una conferencia que la ortografía era un tostón. Le importunaban los signos de puntuación, las b y las v, las tildes o los paréntesis. El público que le escuchaba disfrutó sorprendido de aquella ironía sutil llamando a la rebelión ante las cortapisas que constreñían el castellano. Entretenidos pero con esa incomodidad que te producen las salidas de tono de los seres geniales debieron pensar: ¿Está de coña? ¿Se le está yendo la olla? ¿A qué viene esto?

A uno de los más grandes escritores del siglo XX se le perdona cualquier ocurrencia, pero una humilde aprendiz de quinta no puede ni debe prescindir de esa certeza tranquilizadora que da ver una h encabezando el verbo haber. Aunque lo mío no son las faltas gordas. El corrector de Microsoft ha hecho mucho por nuestra salud evitando que se nos abran las carnes ante un verbo echar escrito con h. Donde yo naufrago es con los signos de puntuación. Wambas un buen lector, siempre me dice que tengo que dejar fluir las frases y tiene más razón que un santo. Para mí las comas son como cojines las voy cambiando de sitio un poco al tun tun a ver dónde quedan mejor. Muchas veces corto el sentido o doy respiración al lector cuando acaba de arrancar, vamos lo que se dice un auténtico desastre. Si las comas se me dan mal no te digo nada los puntos suspensivos, abuso de ellos con el frenesí de una adolescente enamorada y en el taller de escritura creativa siempre me corrigen porque es en esos pequeños detalles donde un verdadero escritor se diferencia de un amateur. “Hay que rematar bien las costuras como una verdadera modista”, son adorables no pierden la esperanza de que con 51 tacos me haga repentinamente con el premio primavera de novela.

El signo de puntuación que peor llevo con diferencia es el paréntesis. Me resulta antipático, encerrando una información a veces trascendental para el desarrollo de la historia. Seguramente si tuviera dinero para tenderme relajada en el sofá de un psicoanalista, llegaría a la conclusión de que me siento atrapada en uno de dimensiones colosales porque en mi más tierna infancia tuve “x” carencias. Como no tengo un duro y me lo he de gestionar sola, deduzco sin ser una lumbrera que estoy encerrada y a punto de estallar. Una de las curvas se llama Amparo, tiene 89 años, ha perdido el rumbo y no quiere vivir. Y yo pese a que nuestra relación no ha sido un camino de rosas, siento un dolor profundo que me ahoga. La otra curva se llama Max y es un chaval hosco que se ha comido al niño risueño que dormía abrazado a mí. En medio me tenéis, intentando continuar.

Menos mal que me queda la certeza de la ortografía, pese a García Márquez que el Señor tenga en su gloria.