Nadie nunca me ha llamado princesa. Ni mi padre cuando niña, el pobre imbuido del espíritu franquista de la época, no debía tener muy presente el organigrama monárquico, lo suyo eran los “Marian cariño”. Ni mi madre, que como mucho me llamaba “pepinillo” porque al nacer, por los fórceps se me quedó la cabeza algo estirada.
Así que de apelativos aristocráticos en casa los justos, tampoco los eché de menos, aunque he de reconocer que me chiflaba una poesía de Rubén Darío que se llamaba “la princesa está triste” y hablaba de una princesa con boca de fresa que andaba cabizbaja pensando en su amor, mientras toda la corte, bufones, damas y hasta pavos reales incluidos, le hacían la pelota sin cesar. Era un poema lleno de sonoridad que a mis 9 años canturreaba de memoria por los rincones de la inmensa casa de la plaza de Nules.
Como veis lo mío era ya la cosa literaria, más que nada porque en los 70 las princesas Disney no existían y lo más parecido al glamour real era el traje de novia de
En mi mundo más bien republicano, se cruzó por sorpresa una pequeña princesa a finales de noviembre. El
No se que me gustó especialmente, quizá me vi a mi misma dibujada dentro de un cuadro infantil, luchando por no caer desde la cima. Empeñada como todos cada día, en seguir adelante con mi vida de malabarista. El caso es que acabé convenciendo a Pilar para comprar el cuadrito a medias, un poco en plan Baronesa Thyssen, acordamos compartirlo a partes iguales, seis meses en casa de una y seis con la otra.
Y ahora vais a descubrir que estoy completamente pirada, porque le he comprado un portafolios muy apañado, una especie de estuche, como las cajas de las tiendas pijas, para poder llevar a mi princesa a todas partes, obviamente no me acompaña de rebajas, donde me las apaño sola con el equilibrio, pero si va a ser buena compañera en los largos pasillos de hospital. En las salas de espera de
Ya os cuento más de sus fantásticos resultados cuando concluya mi turné hospitalaria.
A
Princesa de la buhardilla de Jérica y de todas las caipiriñas que me quedan por beber.
Hoy he conocido a una Princesa...y me he sentido un poquito parte de ella...me gustan sus palabras libres, sencillas y profundas
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