sábado, 6 de febrero de 2010

MANTEN EL EQUILIBRIO, PRINCESA

Nadie nunca me ha llamado princesa. Ni mi padre cuando niña, el pobre imbuido del espíritu franquista de la época, no debía tener muy presente el organigrama monárquico, lo suyo eran los “Marian cariño”. Ni mi madre, que como mucho me llamaba “pepinillo” porque al nacer, por los fórceps se me quedó la cabeza algo estirada.

Así que de apelativos aristocráticos en casa los justos, tampoco los eché de menos, aunque he de reconocer que me chiflaba una poesía de Rubén Darío que se llamaba “la princesa está triste” y hablaba de una princesa con boca de fresa que andaba cabizbaja pensando en su amor, mientras toda la corte, bufones, damas y hasta pavos reales incluidos, le hacían la pelota sin cesar. Era un poema lleno de sonoridad que a mis 9 años canturreaba de memoria por los rincones de la inmensa casa de la plaza de Nules.

Como veis lo mío era ya la cosa literaria, más que nada porque en los 70 las princesas Disney no existían y lo más parecido al glamour real era el traje de novia de la Nancy. Después de este episodio principesco ninguno de mis novios tuvo a bien relacionarme con la realeza, ni siquiera Román que a sus ventimuchos se declaraba rendido admirador de Carolina de Mónaco, supongo que por lo ligera de cascos y lo tía buena.

En mi mundo más bien republicano, se cruzó por sorpresa una pequeña princesa a finales de noviembre. El 2009 ha sido con diferencia el peor año de mi vida, entre otros episodios he enfermado y fracasado en el intento de convertir a Mimo, el delicioso gatito callejero, en un gato de clase media, venida a menos por la crisis, pero culta y viajada. Resumiendo lo que se dice un año de mierda. Así que una buena tarde en la galería de las Marisas, me encontré frente a un pequeño cuadro, donde una muñequita de cuento parecía a punto de perder el equilibrio sobre la cima de una montaña de lunares de colores, asomándose hacia un abismo incierto. Debajo el texto rotundo, rezaba: “Mantén el equilibrio princesa”.

No se que me gustó especialmente, quizá me vi a mi misma dibujada dentro de un cuadro infantil, luchando por no caer desde la cima. Empeñada como todos cada día, en seguir adelante con mi vida de malabarista. El caso es que acabé convenciendo a Pilar para comprar el cuadrito a medias, un poco en plan Baronesa Thyssen, acordamos compartirlo a partes iguales, seis meses en casa de una y seis con la otra.

Y ahora vais a descubrir que estoy completamente pirada, porque le he comprado un portafolios muy apañado, una especie de estuche, como las cajas de las tiendas pijas, para poder llevar a mi princesa a todas partes, obviamente no me acompaña de rebajas, donde me las apaño sola con el equilibrio, pero si va a ser buena compañera en los largos pasillos de hospital. En las salas de espera de la Seguridad Social que andan pero que muy necesitadas de un poquito de ambiente. Y ni te cuento el papel que hace debajo de la mesa del oncólogo. Es un estupendo talismán, pequeño, ligero, optimista y tan llevadero como una pata de conejo. Las próximas navidades me acompañará cuando compré los decimos de la lotería.

Ya os cuento más de sus fantásticos resultados cuando concluya mi turné hospitalaria.

A

Princesa de la buhardilla de Jérica y de todas las caipiriñas que me quedan por beber.

1 comentario:

  1. Hoy he conocido a una Princesa...y me he sentido un poquito parte de ella...me gustan sus palabras libres, sencillas y profundas

    ResponderEliminar